El día siguiente0

Como siem­pre que Julia se va de casa, el día siguien­te es com­pli­ca­do, y esta vez no iba a ser menos. Des­pués de una lar­ga noche en duer­me­ve­la, oí per­fec­ta­men­te de madru­ga­da, cuan­do la luz empe­za­ba tími­da­men­te a cla­rear, como los sua­ves y silen­cio­sos pasos de mi ami­ga reco­rrían mi peque­ño hogar. Pri­me­ro, el leve mur­mu­llo de agua corrien­do en el baño ado­sa­do a la habi­ta­ción de invi­ta­dos, un leve fru­frú de ropas movién­do­se, el sua­ve clic de la habi­ta­ción al abrir­se. Una por­te­zue­la cerrán­do­se con un sono­ro clac. Inau­di­bles sus­pi­ros inde­ci­sos, y final­men­te la puer­ta cerrán­do­se al salir.

Per­ma­ne­cí al menos un par de horas más en la cama, des­pier­to, con los ojos bien abier­tos, acos­tum­brán­do­me a la sua­ve lle­ga­da de la luz de un nue­vo ama­ne­cer, reco­no­cien­do los patro­nes del monó­tono y rít­mi­co gol­pear de la llu­via aún per­sis­ten­te y movi­da capri­cho­sa­men­te por el vien­to rachea­do. Olien­do la hume­dad lim­pia que traía la tor­men­ta. Inten­tan­do no pen­sar.

Me levan­té sin gana algu­na, mi cuer­po anhe­lan­do la vuel­ta rápi­da a la ruti­na cono­ci­da, mi men­te sumer­gi­da en su due­lo y mi emo­ción revuel­ta, me aseé y ves­tí de mane­ra mecá­ni­ca. Cuan­do me qui­se dar cuen­ta esta­ba ya tras­tean­do en la coci­na, pre­pa­ran­do un café fuer­te para com­ba­tir el can­san­cio con cafeí­na, y mien­tras lo bebía casi que­mán­do­me la len­gua ter­mi­né de fre­gar los cacha­rros que la vís­pe­ra había­mos deja­do en remo­jo. Tras una lar­ga mira­da ape­na­da, pul­sé el botón de mar­cha de la lava­do­ra. Esta­ba segu­ro de que ella, como siem­pre, había segui­do nues­tra secre­ta ruti­na, reco­gien­do todo lo que había que lim­piar de su cuar­to, metién­do­lo en la máqui­na y relle­nan­do los cajo­nes de deter­gen­te y sua­vi­zan­te.

Reco­gí el vini­lo que había­mos dis­fru­ta­do jun­tos, ella con una son­ri­sa radian­te visi­ble en todo su cuer­po, yo hacien­do lo posi­ble por seguir­la. Lo metí en la fun­da de plás­ti­co rígi­da que reser­va­ba para él y lo colo­qué en la estan­te­ría, en el lado de los ya escu­cha­dos. El estan­te esta­ba ya casi lleno, pron­to sería hora de hacer un inter­cam­bio a una bal­da mayor. Mien­tras me pre­gun­ta­ba qué demo­nios iba a com­prar para la pró­xi­ma vez que nece­si­ta­ra un puer­to segu­ro en su dura vida, oí como la lla­ve de la puer­ta gira­ba, no tuve ni que girar­me para reco­no­cer a mi socia.

—Bue­nos días, Ika.

Al no reci­bir res­pues­ta duran­te unos segun­dos, me vol­ví. Me mira­ba silen­cio­sa y preo­cu­pa­da des­de su posi­ción jun­to a la puer­ta.

—¿Julia? —pre­gun­tó afir­man­do des­pués con la cabe­za—. Joder, Manu, lo sien­to.

Me enco­gí de hom­bros como úni­ca res­pues­ta, no había mucho más que pudie­ra hacer.

—Odio cuan­do te hace esto, lue­go te me que­das hecho un tra­po. Yo que te iba a hablar de Noe­lia…

—¿Lau­ra? —corre­gí dubi­ta­ti­vo de mane­ra auto­má­ti­ca recor­dan­do la últi­ma rela­ción de la que me había habla­do con ojos bri­llan­tes y risue­ña no hacía dema­sia­do tiem­po.

—Eso fue hace un mes —me corri­gió bur­lo­na e impa­cien­te—, sién­ta­te y te cuen­to. Son­reí ton­ta­men­te, rela­ján­do­me. Todo esta­ba bien.