La vieja colina0

Sobre la vie­ja coli­na una casa, no es una gran casa, más bien es una casa peque­ña, con un par de peque­ñas habi­ta­cio­nes con peque­ñas ven­ta­nas que impi­den el paso del frio, y una sala común que hace las veces de salón, come­dor, coci­na y cuar­to de jue­gos. El sue­lo es de pie­dra, bien cor­ta­da, lisa y afir­ma­da, las pare­des de grue­sa pie­dra, extraí­da de sus vie­jos hue­sos. Varias alfom­bras sobrias, pero bien teji­das calien­tan los pies des­cal­zos de niños y adul­tos, y la gran chi­me­nea del muro del fon­do ayu­da a que los invier­nos sean lle­va­de­ros y es impres­cin­di­ble para el ali­men­to dia­rio. Una amplia mesa, ela­bo­ra­da con grue­sos tablo­nes bien lija­dos y 4 tabu­re­tes del mis­mo árbol que murió anciano y feliz hace años y al que aho­ra se dota de nue­va vida y sig­ni­fi­ca­do, en el cen­tro de la estan­cia. En las pare­des, aus­te­ros ape­ros de labran­za, un hacha siem­pre afi­la­da y en el rin­cón más ilu­mi­na­do por la aus­te­ra ven­ta­na jun­to a la puer­ta, un peque­ño ces­to de mim­bre don­de duer­men los jugue­tes: 2 muñe­cos de tra­pos y boto­nes por ojos y un bati­bu­rri­llo de teso­ros con­se­gui­dos en bre­ves esca­pa­das.

A la vetus­ta coli­na le gus­ta la casa, al fin y al cabo, es par­te de ella, la nota lim­pia, sin hume­da­des, siem­pre olien­do a hier­ba­bue­na, sal­via y otras hier­bas, bien barri­da y orde­na­da. Le gus­ta sen­tir el calor­ci­to sobre sus vie­jos hue­sos en invierno, ayu­dán­do­la a man­te­ner­se un poco más viva y des­pier­ta.

Pero, sobre todo, más que nada, ado­ra a los huma­nos, dimi­nu­tos, frá­gi­les y fuga­ces que la habi­tan. Nota los pasos lige­ros y siem­pre tro­tan­do de los niños, Her­mano y Her­ma­na que ape­nas levan­tan del sue­lo, le hacen son­reír y en esos momen­tos, algu­na flo­re­ci­lla apro­ve­cha para abrir­se. Nota los pasos fir­mes y segu­ros de Madre, siem­pre orga­ni­zan­do, lim­pian­do, median­do en las peque­ñas peleas de los peque­ños niños, coci­nan­do esas comi­das que inun­dan de olo­res su vie­ja super­fi­cie roco­sa. Nota, natu­ral­men­te, los pasos más pesa­dos de Padre, que reco­rre a menu­do toda su super­fi­cie, trans­por­tan­do todo tipo de cosas, hacien­do todo tipo de pla­nes impo­si­bles a los que Madre con­tes­ta sim­ple­men­te levan­tan­do una ceja o menean­do la cabe­za.

En los momen­tos en que está más des­pier­ta, nor­mal­men­te en verano, vela por ellos lo mejor que pue­de, man­te­nien­do lim­pio el ria­chue­lo que mora en su inte­rior, y hacien­do que sal­ga con fuer­za y vigor a esca­sos metros del hogar, vigi­lan­do el vien­to más fuer­te para des­viar­lo movien­do des­pa­cio, muy des­pa­cio sus anchos hom­bros pobla­dos de peñas­cos. Si alguno de los niños des­apa­re­ce de la vis­ta de Padre y Madre ella les avi­sa, hacien­do caer una peque­ña roca o movien­do aque­lla veta de cuar­zo para que refle­je con más inten­si­dad la luz del sol, nor­mal­men­te Madre mira a su alre­de­dor, como notan­do el cam­bio, y Padre deja lo que está hacien­do con un sus­pi­ro resig­na­do para salir detrás de ellos. Casi nun­ca se acer­can ani­ma­les peli­gro­sos —la vie­ja coli­na es exce­si­va­men­te vie­ja para ate­so­rar nada de su inte­rés— pero en caso de que alguno lo haga, se encar­ga de mover­se lo sufi­cien­te, dán­do­se impul­so, para que los pocos árbo­les que hay cer­ca de la casa se mue­van con un rui­do de hojas atro­na­dor.

De pron­to recuer­da: Hace tiem­po que ha olvi­da­do su nom­bre, su nom­bre humano, pues­to que ella no nece­si­ta nom­bres para saber que es ella y don­de empie­za y don­de ter­mi­na de ser ella para ser Todo o qui­zás Tie­rra. En los tiem­pos en que tenía nom­bre entre los huma­nos estos la visi­ta­ban cons­tan­te­men­te, usa­ban sus cam­pos para labrar y para plan­tar, para cul­ti­var con esme­ro, para cose­char y tri­llar, para sus fies­tas y diver­sio­nes, y sen­tía la vida en toda su piel de roca como peque­ños alfi­le­res.

Aho­ra solo que­dan ella, Her­ma­na, Her­mano, Madre y Padre, y ella se con­ten­ta, ha vivi­do situa­cio­nes mucho peo­res, cuan­do otros, que lla­ma­ban Gue­rre­ros, piso­tea­ron su hier­ba con botas de hie­rro, ensu­cia­ron sus peñas­cos con res­tos de comi­da y basu­ra, empon­zo­ña­ron su ria­chue­lo has­ta hacer­lo enfer­mar. No fue­ron tiem­pos bue­nos, tiem­pos a recor­dar, pero su memo­ria abar­ca todas y cada una de las pie­dras y briz­nas de hier­ba que la com­po­nen.

«La coli­na de Mar­dia» –recuer­da de pron­to, sí, ese era su nom­bre entre los huma­nos, en aquel tiem­po, aun­que igno­ra si con­ti­núa sién­do­lo en este. Con un lar­go sus­pi­ro que hace que todos los insec­tos, rep­ti­les, roe­do­res y pája­ros que la habi­tan callen de pron­to, entre­cie­rra los ojos ale­tar­gán­do­se una vez más. Si, defi­ni­ti­va­men­te, Fami­lia le gus­ta.