lunes 19 de noviembre de 2007

Forough Farrokhzad (1934–1967)

Hun­di­ré en el jar­dín mis manos,
ger­mi­na­rán, lo sé, lo sé, lo sé,
y las golon­dri­nas pon­drán sus huevos
entre mis dedos sucios de tinta.

Col­ga­ré de mis ore­jas dos cerezas
rojas, gemelas,
y pega­ré en mis uñas péta­los de dalia.
Hay un calle­jón don­de los chicos
que me ama­ron hace tiempo,
con los mis­mos cabe­llos revueltos,
cue­llos finos
y pier­nas delgadas,
pien­san en la son­ri­sa inocente
de una niña que una noche
se lle­vó el viento.

Hay un callejón
que mi cora­zón ha robado
a los barrios de la infancia.
Via­je cor­po­ral por la línea del tiempo
con un cuer­po que fecunda
la línea del tiempo,
el cuer­po de una ima­gen que se piensa
que vuel­ve de la fies­ta en un espejo.

Así es como alguien muere
y alguien se queda.

Nin­gún pes­ca­dor puede
encon­trar nin­gu­na perla
en un arro­yo humilde,
arro­yo que desemboca
en una charca.
Sé de un ángel peque­ño y triste
que vive en el mar
y toca su corazón
con un ney de made­ra lentamente.

Un ángel peque­ño y triste
que mue­re de noche
por un beso
y nace al amanecer
tam­bién por un beso.

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