domingo 8 de noviembre de 2020

Ciudad Sombra

Casi ninguno de los tranquilos habitantes de Ciudad Luz sospechaba siquiera de la existencia de Ciudad Sombra. La ciudad feérica, situada en su propio plano de realidad, flotaba inmutable e invisible para los ojos no iniciados en un crepúsculo eterno, tranquilo y silencioso, poblado de oscuras figuras solo visibles por el rabillo del ojo cuando no estabas atento.

Alba disfrutaba de aquellos fugaces momentos —guardados en su corazón de manera imborrable— en los que podía percibirlas. Cuando después de cenar y ponerse su pijama se acostaba, le gustaba jugar al pillapilla.  Apretaba sus ojos inquietos con mucha fuerza y los abría de golpe; intentaba captar así alguna de las sombras.

A veces veía un ogro enorme con grandes colmillos, que sobresalían de su boca, encorvado para no chocar con el techo de su habitación; otras, un elfo juguetón que le lanzaba una sonrisa apenas esbozada y, si tenía mucha mucha suerte, una de aquellas hadas con alas transparentes, volando hacia quién sabía dónde.

En esas ocasiones, demasiado nerviosa para dormir, se levantaba, cogía su caja de lápices de colores más grande —con tonos que cubrían todo el espectro del arcoíris—, y cubría folio tras folio con estampas de lo que había visto, hasta que se quedaba irremediablemente dormida sobre el pupitre de madera —tan antiguo que había sido de su tatarabuela cuando tenía su edad, y pasado de hija en hija como tradición—.

Su madre, Blanca, también disfrutaba del don, como antes su abuela Clara, y así todas las mujeres de su familia desde que se tenía memoria. De este modo, al amanecer —cuando Ciudad Luz despertaba y Ciudad Sombra desaparecía—, Alba corría a su cuarto con el fajo de hojas. 

Aquel día desayunaban gachas endulzadas con miel y compraban el mejor pan que pudieran pagar con sus pocos ahorros, bebían leche recién ordeñada y sacaban algo de queso fresco, si lo tenían, mientras repasaban los dibujos tumbadas sobre una manta frente al fuego. La pequeña explicaba en detalle cada imagen, cada idea, como si no hubiera sido un fugaz destello sobre su pupila, sino una representación exacta de lo que había visto.  

Blanca se limitaba a observarla radiante de felicidad; disfrutando de la manera en la que brillaba, de su voz chillona por la excitación, de su manoteo incesante e incontrolado, de su ceño fruncido mientras pensaba en lo que recordaba de cada una de aquellas obras de arte. 

Horas después, tras una larga comida  —que Blanca pagaba de buena gana, aunque durante unos días tendrían que apretarse el cinturón— llegaba el transcendente ritual de la colocación: Madre e Hija, en silencio, entraban en la gran habitación del fondo, donde guardaban los materiales de costura que les permitían ganarse la vida, abrían el enorme mueble de roble —tan viejo que ya era viejo en la época de la abuela de la tatarabuela Alborada—, y situaban cada folio en el montón que le correspondía por derecho propio: los feos orcos, con los orcos; las hermosas dríadas, con las dríadas y los seres que no habían sabido identificar, en el montón de miscelánea.

Tras cerrar la puerta, con las manos de ambas sobre el pomo, recitaban juntas las palabras que cada niña de la familia Luxfero aprendía desde la cuna cuando se las susurraban en forma de nana:

Que lo que existe siga existiendo.
Que la Luz ilumine la senda y caliente los huesos,
y la Oscuridad refresque y proteja al necesitado.
Que cada cual sea lo que es,
siempre creciendo, siempre cambiando, siempre buscando.

Esas noches, Clara permanecía muchas horas en su lecho despierta, feliz, esperando el instante en el que la leve respiración de su hija cayera en el sueño.

Se levantaba en silencio —descalza sobre el frío suelo apenas iluminado por la luna— y andaba de puntillas hasta la ventana, la abría de par en par y susurraba al viento:

—Umbra, acércate, he de contarte algo.

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