viernes 29 de junio de 2018

Primer encuentro

Nun­ca olvi­da­ré el pri­mer encuen­tro que tuve con Miriam de Mag­da­la. Nada más bajar del auto­bús que me deja­ba en la puer­ta de mi nue­va comi­sa­ría –dis­fra­za­da de alma­cén de uno de los barrios indus­tria­les de la peri­fe­ria– per­ci­bí un sua­ve tirón curio­so, casi infan­til de mis sen­ti­dos pre­ter­sen­si­bles, un sua­ve esca­neo que no hizo inten­to alguno de sobre­pa­sar mis barre­ras, fir­me­men­te entre­na­das des­de mi infan­cia des­de que des­cu­brí que podía ver, sen­tir y hacer cosas que los que me rodea­ban sim­ple­men­te no podían. Un par de minu­tos des­pués esta leve sen­sa­ción se trans­for­mó en una… ima­gen de cáli­da bien­ve­ni­da y una foto­gra­fía men­tal de don­de me espe­ra­ba. Nun­ca había per­ci­bi­do una ima­gen tan cla­ra, era una ima­gen exac­ta de como era el lugar, como olía, sus soni­dos, sus colo­res y un movi­mien­to deses­pe­ra­da­men­te len­to.

Tras unos segun­dos de estu­por com­pren­dí que mis sen­ti­dos huma­nos sim­ple­men­te inten­ta­ban con­den­sar la bru­tal can­ti­dad de infor­ma­ción que aca­ba­ban de reci­bir, algo así como inten­tar parar una ola gigan­te con las manos. Ins­tin­ti­va­men­te y a la deses­pe­ra­da lan­cé esa ima­gen a tra­vés de mis barre­ras como un gri­to mudo. La ima­gen des­apa­re­ció casi al ins­tan­te deján­do­me una sen­sa­ción de arre­pen­ti­mien­to sin­ce­ro. Miriam tenía que acos­tum­brar­se a vol­ver a tra­tar con huma­nos, su lar­go letar­go auto­in­du­ci­do de casi mil ocho­cien­tos años la había vuel­to un poco des­cui­da­da.

Aun lige­ra­men­te atur­di­do, y casi de mane­ra auto­má­ti­ca, lle­gue al lugar, el amplio alma­cén esta­ba vacío, pero había sido secre­ta­men­te amue­bla­do, cli­ma­ti­za­do y cablea­do para hacer el tra­ba­jo de nues­tra uni­dad de éli­te lo mas fácil posi­ble. Enton­ces la vi.

Sen­ta­da en un des­pa­cho de pare­des de cris­tal, dis­po­nien­do úni­ca­men­te de una enor­me mesa sobre caba­lle­tes de metal y una estan­te­ría reple­ta de libros, Miriam leía con­cen­tra­da un expe­dien­te de las pilas de ellos que aba­rro­ta­ban la mesa. No dis­po­nía de orde­na­dor por el momen­to, pero no pare­cía impor­tar­le. Sen­ta­da sobre una dura silla de made­ra sin repo­sa­bra­zos, y encor­va­da sobre el expe­dien­te, pare­cía una estu­dian­te uni­ver­si­ta­ria, con una ima­gen de mujer joven y deli­ca­da que era la antí­te­sis de la reali­dad.

–Seño­ra –salu­dé al entrar con un leve toque en el mar­co de la puer­ta abier­ta.

–Miriam –res­pon­dió ella con una leve son­ri­sa en los labios mien­tras me mira­ba fija­men­te.– Debo dis­cul­par­me por lo de antes, hace mucho, mucho tiem­po que no me comu­ni­ca­ba así con los huma­nos, no des­de… –Calló, dejan­do en el aire una inten­sa sen­sa­ción de dolor y per­di­da. A veces mi don es una mal­di­ción.– Sién­ta­te, Félix, me indi­có rela­ja­da. No había nin­gún indi­cio de Con­trol en su voz, era su voz mun­da­na, diri­gién­do­se a mi como un ami­go. La homo vam­pir des­pier­ta más anti­gua, fun­da­do­ra de la Orden Blan­ca, me tra­ta­ba como un igual.

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