viernes 29 de junio de 2018

La tierra de los abetos puntiagudos: Reseña

Es difí­cil a veces fijar­se en las peque­ñas cosas, peque­ños micro­uni­ver­sos de per­so­nas que se cui­dan y pro­te­gen a pesar de la dure­za de su vida en medio de la natu­ra­le­za, en una sole­dad com­par­ti­da bus­ca­da y desea­da, de cui­da­dos mutuos ape­nas per­cep­ti­bles para el recién lle­ga­do.

Tam­po­co somos dados a caer en cuen­ta en el mun­do natu­ral en el que vivi­mos, somos más de pasar por él con pri­sas, de pun­ti­llas, sin apre­ciar la belle­za de un ama­ne­cer o la bri­sa repen­ti­na del atar­de­cer en la sie­rra, cuan­do los últi­mos rayos del sol abra­sa­dor de agos­to nos dejan con un últi­mo sus­pi­ro, y eri­zan el vello de todo nues­tro cuer­po.

Esta bre­ve nove­la regio­na­lis­ta —des­gra­cia­da­men­te tan des­co­no­ci­da en Espa­ña como su auto­ra, Sarah Orne Jewett (18491909)— es un peque­ño dia­man­te puli­do que nos tras­la­da a la Nor­te­amé­ri­ca rural del siglo XIX, cuan­do la vida era dura pero con una impor­tan­cia y una inten­si­dad que aho­ra ape­nas somos capa­ces de vis­lum­brar.

En esta nove­la, las pro­ta­go­nis­tas abso­lu­tas son muje­res: muje­res tra­ba­ja­do­ras e inde­pen­dien­tes, vis­tas y pen­sa­das des­de los ojos de una escri­to­ra (quién sabe si la pro­pia Sarah) que se reti­ra un verano com­ple­to a un peque­ño pue­blo a escri­bir, muje­res que —como indi­ca la con­tra­cu­bier­ta del libro de mane­ra acer­ta­da— «tejen una fir­me red de cui­da­dos y afec­tos».

En un segun­do plano resal­ta­ría tam­bién la impor­tan­cia de la natu­ra­le­za, que­ri­da, temi­da, uti­li­za­da bené­fi­ca­men­te, obser­va­da con reve­ren­cia por su belle­za tal como es, sin bus­car ador­nar­la o trans­for­mar­la.

La nove­la, con un voca­bu­la­rio rico, pero sin alar­des, inti­mis­ta e ínti­mo, pero sin caer en la tris­te­za o la melan­co­lía, va avan­zan­do poco a poco, sin for­za­mien­tos, para des­cu­brir­nos el peque­ño mun­do de Dun­net Lan­ding y sus tie­rras cer­ca­nas, sus habi­tan­tes, lazos, rela­cio­nes, afec­tos y tris­te­zas, sin jui­cios ni pre­jui­cios, con­vir­tien­do algo invi­si­ble a sim­ple vis­ta en el foco de una pre­cio­sa his­to­ria.

Me gus­ta­ría resal­tar tam­bién la cui­da­da tra­duc­ción de Raquel G. Rojas, a mi modo de ver con un voca­bu­la­rio bien madu­ra­do y esco­gi­do, sin estri­den­cias moder­nas, y agra­de­cer el esfuer­zo y el cari­ño que han pues­to des­de la edi­to­rial Dos Bigo­tes (http://www.dosbigotes.es) para publi­car esta peque­ña joya escon­di­da —al menos escon­di­da para mí―.

Es una ver­da­de­ra pena que nove­las y rela­tos de escri­to­ras del siglo XIX (como las que pode­mos encon­trar en la reco­pi­la­ción de rela­tos La nue­va mujer de esta mis­ma edi­to­rial o en los que poco a poco van sien­do tra­du­ci­dos o publi­ca­dos con el esfuer­zo de mucha gen­te) no sean más cono­ci­dos no solo por su alto valor lite­ra­rio, sino como mues­tra de que la mujer siem­pre está, esta­rá y ha esta­do en todos los ámbi­tos de la vida, con sus pro­pios temas o su pro­pio pun­to de vis­ta, siem­pre en la van­guar­dia y a menu­do —inclu­so aho­ra en pleno siglo XXI— silen­cia­da.

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