viernes 29 de junio de 2018

Don Luis

1

Esta­ba fati­ga­do, real­men­te can­sa­do, tan­tos años de vida, vivi­dos, eso sí, casi siem­pre feli­ces y ple­nos, y con algu­nas fata­li­da­des, como la muer­te de Mari­sa —su leal com­pa­ñe­ra duran­te años en los que habían sido inmen­sa­men­te feli­ces — , lo que al fin y al cabo era ley de vida a los noven­ta y dos años. El sol de prin­ci­pios de sep­tiem­bre —mucho más sua­ve y agra­da­ble que el de un par de sema­nas antes— calen­ta­ba sus vie­jos hue­sos, sus bra­zos de piel dura y cobri­za, cur­ti­dos y fibro­sos tras tan­tos años de tra­ba­jar el cam­po, tras­hu­man­cia, gue­rra, trin­che­ras, hui­das y ham­bru­nas, aun­que tam­bién amis­tad, com­pro­mi­so y soli­da­ri­dad, amor y amo­ríos, des­cu­bri­mien­to y aven­tu­ra, apren­di­za­je y des­cen­den­cia…

Levan­tan­do la mira­da hacia el hori­zon­te se per­dió en una nube de recuer­dos cada vez más difu­sos en imá­ge­nes, como las len­tes de una cáma­ra mal enfo­ca­das, pero con la mis­ma emo­ción con la que había vivi­do todos y cada uno de ellos. Noven­ta y seis años acu­mu­la­dos. «Y aún sigo aquí», se dijo asom­bra­do.

2

Mar­ta mira­ba de reojo a su abue­lo des­de la ven­ta­na de la coci­na, don­de desa­yu­na­ba tran­qui­la un desa­yuno como Dios man­da, de los de café negro, espe­so y amar­go, y pan tos­ta­do con man­te­qui­lla. Tenía un leve remor­di­mien­to por saquear la des­pen­sa del yayo los pocos días que podía ir a ver­le en verano, y que espe­ra­ba con todas sus fuer­zas el res­to del año. Esos días en que des­can­sa­ba repo­nía fuer­zas, y sen­tía como la ten­sión acu­mu­la­da salía poco a poco de su cuer­po.

Allí sen­ta­do, en el ban­co de la puer­ta, siem­pre con su cami­sa de man­ga lar­ga y su boi­na negra y lim­pia, se le veía feliz y pleno, posi­ble­men­te entre­ga­do a su memo­ria en oca­sio­nes, pero sin gana algu­na de ren­dir­se aún. No había pasa­do la gue­rra y una dic­ta­du­ra para aho­ra desen­ten­der­se del mun­do. El abue­lo tenía telé­fono de toda la vida y Sara no deja­ba pasar un fin de sema­na sin inter­cam­biar unas pala­bras —a veces par­cas, pero siem­pre sen­ti­das— con él.

—¿Cómo andas, mi niña? No dejes que en el des­pa­cho ese te malo­gren.

—Nun­ca, yayo.

3

Aelo.

Su bis­nie­ta se acer­ca­ba a pasos tor­pes y len­tos, abrien­do las pier­nas con el ins­tin­to de guar­dar el equi­li­brio, unas hojas de hier­ba­bue­na arran­ca­das de algu­na mace­ta del alféi­zar de la ven­ta­na del salón y una gran son­ri­sa en la cara. Levan­tó sus bra­ci­tos enfá­ti­ca­men­te, en un ges­to de sig­ni­fi­ca­do uni­ver­sal. «Cóge­me, cóge­me», decía.

Don Luis, recu­rrien­do a sus pocas fuer­zas pese a que Nuria era lige­ra como una plu­ma, la cogió por la cin­tu­ra con deli­ca­de­za, como temien­do rom­per­la o dañar­la con el callo de sus antes fuer­tes manos, y la sen­tó en sus rodi­llas.

¡Ti! —La peque­ña le ten­día las hojas de su mano, aho­ra aplas­ta­das y des­pren­dien­do un olor inten­so.

—¿Son para mí, Nuria? —Era inevi­ta­ble, su grue­sa voz se ablan­da­ba cada vez que le habla­ba, no fue­ra a asus­tar­la, no fue­ra a adi­vi­nar algu­nas de las cosas de su vida de las que no esta­ba orgu­llo­so. «Tan­ta muer­te…».

Nuria asin­tió enfá­ti­ca­men­te con la cabe­za recos­tán­do­se en su pecho, pro­te­gi­da. «Vivir mere­ce la pena», pen­sa­ba él son­rien­do.

Comentar