martes 13 de junio de 2017

El abuelo

Aquel era uno de aque­llos recuer­dos a los que siem­pre se afe­rra­ba en los momen­tos malos. Ten­dría ape­nas 5 o 6 años y juga­ba a luchas de pira­tas subien­do y bajan­do la esca­le­ra que subía a la buhar­di­lla. Entre jadeos, inten­tan­do recu­pe­rar el resue­llo, vio por el rabi­llo del ojo que su abue­lo se había deja­do la puer­ta de su cuar­to –que ocu­pa­ba toda la plan­ta bajo el techo– entre­abier­ta, y por la aber­tu­ra podía ver­le sen­ta­do en su cómo­do sillón de ore­jas leyen­do un grue­so libro en silen­cio. Pese a estar ya a media­dos del verano, ves­tía como siem­pre, de cami­sa y pan­ta­lón, con su lar­ga bar­ba blan­ca pei­na­da y acei­ta­da des­can­san­do sobre su pecho.

Sin­tién­do­se obser­va­do, su abue­lo la miró son­rien­te y la lla­mó con un ges­to de la mano:

–Anda, ven a hacer­me com­pa­ñía.

Muy des­pa­cio entró en la enor­me habi­ta­ción. A esa edad, su abue­lo aún le impo­nía, tan alto y silen­cio­so, y tan soli­ta­rio. Las pare­des esta­ban cubier­tas de estan­te­rías, que esta­ban relle­nas de grue­sos tomos, en una, dos y has­ta tres filas. Libros encua­der­na­dos en cue­ro, en car­tu­li­na, en car­to­né, en fino papel, todo tipo de libros. Algu­nas estan­te­rías cui­da­do­sa­men­te orde­na­das e impo­lu­tas, otras tan lle­nas de ejem­pla­res que pare­cía que se iban a caer en cual­quier momen­to sos­te­nién­do­se en pre­ca­rio equi­li­brio.

Miran­do a ambos lados de la habi­ta­ción rápi­da­men­te, des­cu­brió una mesi­ta rodea­da de sillas en una esqui­na –la más orde­na­da de toda la habi­ta­ción, dicho sea de paso – y se dis­pu­so a acer­car­la al sillón de su abue­lo gru­ñen­do del esfuer­zo –era pesa­da y lle­va­ba un buen rato per­si­guien­do a aque­llos cor­sa­rios.

—Ven, yo te cojo; de todas for­mas, ibas a tener que tre­par y te iban a col­gar los pies…

Mucho más tran­qui­la, por la sua­ve voz de su abue­lo y su mira­da cari­ño­sa, se subió sin dudar a sus rodi­llas y se recos­tó en su rega­zo sin saber muy bien qué hacer. El bra­zo del abue­lo la rodeó, pro­tec­tor, y empe­zó a pre­gun­tar por su día en el cole­gio, qué había apren­di­do y qué había hecho en el recreo.

Enton­ces, a pesar de ser tan mayor, el abue­lo se levan­tó con ella en bra­zos y se diri­gió a uno de los estan­tes, y pasó el dedo rápi­da­men­te por los lomos de los libros, mur­mu­ran­do para sí y excla­man­do al final:

—¡Aquí! El cor­sa­rio negro. Emi­lio Sal­ga­ri. ¿Te gus­tan las his­to­rias de pira­tas? Esta­bas antes luchan­do en la esca­le­ra con alguno, creo.

—¡Son las que más me gus­tan en el mun­do! —excla­mó.

Enton­ces, se sen­tó de nue­vo con ella en su rega­zo y con el libro, y empe­zó a leer con voz impos­ta­da:

De entre las tinie­blas del mar, sur­gió una voz poten­te y metá­li­ca: ¡Alto los de la canoa o los echo a pique!…

Mucho des­pués, tras una increí­ble his­to­ria, la lle­vó al cuar­to en bra­zos. Ape­nas des­pier­ta, la ayu­dó a qui­tar­se la ropa, poner­se el pija­ma gor­do, por­que era invierno, y la arro­pó con fuer­za para que no pasa­ra frío. Acer­cán­do­se al estan­te vacío que había en una esqui­na, anun­ció susu­rran­do:

—Tu pri­mer libro.

Colo­có cui­da­do­sa­men­te el libro de El cor­sa­rio negro sobre la bal­da. Y salió en abso­lu­to silen­cio mien­tras ella caía ren­di­da en el mun­do de los sue­ños.

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