domingo 26 de marzo de 2017

Miriam

Enton­ces María tomó una libra de per­fu­me de nar­do puro, de mucho pre­cio, y ungió los pies de Jesús, y los enju­gó con sus cabe­llos; y la casa se lle­nó del olor del per­fu­me.

Jn 12:3

– No creo que sea una gran idea – dije en voz alta a aquel tipo con una Glock en su mano, y real­men­te es lo que sen­tía en ese momen­to. Apun­tar con un arma a una Vam­pi­re­sa Car­di­nal de alre­de­dor de diez mile­nios de anti­güe­dad nun­ca lo era, y si ese ser pre­ter­na­tu­ral era Miriam de Mag­da­la menos aún.

La mano de aquel dro­ga­ta, con­tra­ta­do segu­ra­men­te para vigi­lar la puer­ta de aquel antro por unas cuan­tas pape­li­nas de Eup­ho­ria de mala cali­dad, tem­bla­ba debi­do a los rigo­res del mono, y me temí lo peor. No por nues­tra segu­ri­dad – la jefa era capaz de parar su mano antes de que ni siquie­ra pen­sa­se en dis­pa­rar – si no por­que Miriam no sopor­ta­ba los casos que impli­ca­ban a meno­res, y no se la veía del mejor humor.

Tran­qui­lo, estoy bien” me lle­go su voz men­tal, dul­ce y sua­ve como siem­pre, mi sen­ti­do pre­ter­sen­si­ble – por el que había sido ele­gi­do su Segun­do entre miles de Pos­tu­lan­tes mor­ta­les – no detec­ta­ba nin­gún signo de peli­gro o men­ti­ra. Pron­to un aura bal­sá­mi­ca me cer­có jun­to a mis cama­ra­das, de for­ma casi invo­lun­ta­ria Miriam nos lle­vó a un esta­do rozan­do la pres­cien­cia. Comen­cé a per­ci­bir los lati­dos del cora­zón de aquel pobre hom­bre como gol­pes de tim­bal, su sudor calien­te casi áci­do, su cuer­po luchan­do con todas sus fuer­zas para expul­sar toda esa mier­da tóxi­ca que le enve­ne­na­ba. Sus ojos tur­bios, los tem­blo­res de cada múscu­lo de su cuer­po, su res­pi­ra­ción fati­ga­da y arrít­mi­ca, pro­du­ci­da por unos pul­mo­nes ape­nas tra­ba­jan­do. “Al trein­ta por cien­to” me lle­gó no sé de don­de, qui­zá un efec­to extra del nue­vo nivel aten­cio­nal.

Vol­can­do mis sen­ti­dos en mis com­pa­ñe­ros a la zaga des­cu­brí su con­fu­sión, no sien­do pre­ter­sen­si­bles, no eran capa­ces de con­tro­lar ni com­pren­der lo que esta­ba pasan­do, se mira­ban entre ellos, rozan­do el terror.

– Miriam, están con­fu­sos… – Ati­né a mur­mu­rar entre dien­tes.

Inme­dia­ta­men­te sen­tí que la influen­cia mís­ti­ca sobre mis com­pa­ñe­ros dis­mi­nuía sen­si­ble­men­te, has­ta que­dar en una agra­da­ble sen­sa­ción de bien­es­tar. Miriam podía hacer algo así sin mover un muscu­lo, yo había vis­to vam­pi­ros jóve­nes, de ape­nas medio mile­nio, caer exhaus­tos ante esfuer­zos mucho meno­res.

Gra­cias, eso es lo que hace de ti un gran segun­do” – pro­yec­tó con orgu­llo en mi cabe­za. Mien­tras, vi… sen­tí sería una pala­bra más ade­cua­da, como me lle­na­ba una olea­da de amor por aquel pobre chi­co, y noté los múscu­los de su espal­da erguir­se, los hom­bros recu­pe­rar su posi­ción levan­ta­da, sus abdo­mi­na­les des­ten­sar­se, y una nube sedo­sa de luz blan­ca y dora­da masa­jear sus dolo­ri­dos pul­mo­nes. Su salud esta­ba sien­do res­tau­ra­da a ojos vis­ta, al menos lo sufi­cien­te para sacar­le de aquel esta­do de ansie­dad y adre­na­li­na dis­pa­ra­da y fue­ra de con­trol. Ese era el tipo de cosas que podía hacer un Vam­pi­ro Car­di­nal, espe­cial­men­te los de la Orden Blan­ca.

– Fer­nan­do, dame la pis­to­la – dijo Miriam con voz fir­me pero sua­ve, su Voz de Con­trol. Yo mis­mo, aun no sien­do la per­so­na a la que diri­gía su Voz, sen­tí el impul­so irre­sis­ti­ble de lle­var mi mano a mi cin­tu­ra, y un par de nues­tros hom­bres la cogie­ron, suje­tán­do­la por el cañón. Tome nota men­tal de quie­nes eran, para hablar con ellos de las téc­ni­cas más ade­cua­das para pro­te­ger­se de inter­fe­ren­cias men­ta­les.

Fer­nan­do no tenía la más míni­ma posi­bi­li­dad. Entre­gó su arma sin rechis­tar y Miriam me la pasó sin mirar­me, nece­si­ta­ba estar aten­ta a lo que tenía delan­te. Con una fuer­te pata­da, lan­zo por los aires la pesa­da puer­ta de metal que nos cerra­ba el paso y entró, des­ar­ma­da como siem­pre, en el oscu­ro y malo­lien­te por­tal, segui­da por su equi­po.

Alguien iba a pagar muy caro tra­fi­car con niños.

Comentar