domingo 26 de marzo de 2017

La habitación vacía

Se sen­tó jus­to en el cen­tro de aque­lla habi­ta­ción vacía, no le preo­cu­pa­ba man­char­se ni con­ta­mi­nar­la, el mono blan­co esté­ril regla­men­ta­rio con la capu­cha bien ceñi­da, las fun­das del mis­mo color de sus zapa­tos y los guan­tes azu­les abo­to­na­dos a las man­gas lo impe­di­rían, Hacia años que se había acos­tum­bra­do al calor ago­bian­te y claus­tro­fó­bi­co pro­du­ci­do por aque­lla indu­men­ta­ria y la más­ca­ra que cubría su men­tón pro­te­gien­do la esce­na del vello de su espe­sa bar­ba y epi­te­lia­les. Sim­ple­men­te des­co­nec­ta­ba de las húme­das sen­sa­cio­nes de sen­tir el sudor cho­rrean­te por su pelo y su cara.

Eli­gió sen­tar­se miran­do al apa­ren­te­men­te cómo­do sofá de tres pla­zas situa­do al fon­do de la habi­ta­ción, de un color azul oscu­ro ya des­vaí­do por innu­me­ra­bles roza­du­ras de ropas y gol­pes acci­den­ta­les.

La habi­ta­ción esta­ba en penum­bra, como cuan­do todo había pasa­do, sólo la luz sufi­cien­te para obser­var los obje­tos como aquel suje­to los había obser­va­do. Cla­vo la vis­ta en la esqui­na a su izquier­da, jus­to en la zona en que las dos pare­des se unían al techo. Una som­bra pira­midal difu­sa don­de ape­nas se per­ci­bía que super­fi­cie per­te­ne­cía a cada muro.

Visua­li­zó su men­te como un gigan­tes­co lien­zo en blan­co, sin lími­tes defi­ni­dos mira­se don­de mira­se, y rela­jó la mus­cu­la­tu­ra de sus ojos, ima­gi­nó que estos se lle­na­ban de una cáli­da luz blan­ca que se pro­lon­ga­ba hacia sus ner­vios ópti­cos, hacien­do que estos se ensan­cha­ran, se con­vir­tie­ran en tube­rías deseo­sas de cana­li­zar toda la infor­ma­ción posi­ble. A con­ti­nua­ción, per­mi­tió que la luz, sua­ve y algo­do­no­sa se pro­pa­ga­ra por el inte­rior de su crá­neo en una suer­te de masa­je lumi­no­so neu­ro­nal.

Y enton­ces empe­zó. Sus ojos eran como espon­jas para la poca luz rei­nan­te, tin­ta lumi­no­sa que lle­ga­ba has­ta su lien­zo vacío a tra­vés de los aho­ra amplios cana­les ópti­cos. Sin ana­li­zar nada de lo que veía dejo que sus ojos reco­rrie­ran cada cen­tí­me­tro de las cua­tro pare­des, la que tenía enfren­te, de un ano­dino color blan­co sucio, con su ano­dino sofá azul oscu­ro, aho­ra cubier­to con san­gre oscu­ra, oxi­da­da y a medio secar espe­cial­men­te en la zona izquier­da, segu­ra­men­te el sitio reser­va­do al cabe­za de fami­lia, lige­ra­men­te más hun­di­do por el peso que las otras dos zonas. Mamá al lado de papá, y a su lado la niña de 10 años. La fami­lia al com­ple­to vien­do la tele­vi­sión. Dejó que todos estos pen­sa­mien­tos, intui­cio­nes debi­das a una lar­ga expe­rien­cia, flo­ta­ran como una nube azu­la­da, del mis­mo tono azul que el sofá, por enci­ma de su aho­ra a medio pin­tar lien­zo men­tal.

Por enci­ma del sofá, un cua­dro abs­trac­to de tonos tam­bién azu­la­dos y gri­ses, un toque de mamá segu­ro, para inten­tar dar el con­tra­pun­to al absur­do sofá, un cua­dro ori­gi­nal, de un gus­to razo­na­ble aun sien­do de un autor des­co­no­ci­do, aho­ra cru­za­do en dia­go­nal por una lige­ra sal­pi­ca­du­ra de san­gre arte­rial ascen­den­te. Sería fácil de eli­mi­nar del mar­co, pero posi­ble­men­te el cua­dro que­da­ría per­ma­nen­te­men­te infes­ta­do de aque­lla suce­sión de gotas que no habían hecho otra cosa que seguir las impa­ra­bles leyes de la físi­ca. Tam­po­co que­da­ba mal aquel lige­ro toque de rojo y su sór­di­da pro­ce­den­cia posi­ble­men­te subie­ra su pre­cio en el mer­ca­do si alguien inten­ta­ba ven­der­lo.

Con­vir­tió el cua­dro en una peque­ña nube­ci­lla gris y la hizo flo­tar sobre el lien­zo, movien­do la cabe­za más a la dere­cha, una des­co­lo­ri­da mesa auxi­liar, lle­na de des­con­cho­nes, pero libre de pol­vo se encon­tra­ba pega­da al esqui­na­zo, sobre ella el telé­fono fijo de la fami­lia, un mode­lo están­dar, de los que pro­por­cio­na la com­pa­ñía tele­fó­ni­ca de turno. Que fue­ra el mode­lo más insubs­tan­cial y vul­gar del mun­do y ade­más estu­vie­ra situa­do en la par­te del sofá —abu­rri­do, abu­rri­do, abu­rri­do sofá— ocu­pa­da por el niño —¿O qui­zá era una niña? Ya no lo recor­da­ba, solo su pelo medio dor­mi­do y apel­ma­za­do de dor­mi­tar en el sofá cuan­do pasó a su lado de la mano de alguien de pro­tec­ción de meno­res— pro­ba­ble­men­te indi­ca­ba que no lo usa­ban ape­nas. No tenía más impor­tan­cia que la de ser un obje­to para reci­bir algu­na que otra lla­ma­da oca­sio­nal.

Iró­ni­ca­men­te, el telé­fono seguía allí, bri­llan­te e impo­lu­to sin una sola gota de san­gre sobre él, indi­fe­ren­te a lo que había pasa­do ape­nas unas horas antes. A sim­ple vis­ta la mesi­ta tam­bién pare­cía libre de macu­la. Posi­ble­men­te el bra­zo del sofá hubie­ra actua­do de impro­vi­sa­do para­pe­to. El blan­co telé­fono tuvo su pro­pia nube­ci­ta blan­ca pin­cha­da en el mapa de su men­te.

Giran­do noven­ta gra­dos su cuer­po, se fijó en la pared dere­cha, siguien­do el mis­mo patrón, esqui­na izquier­da, vacía, abu­rri­da, ano­di­na, no con­ta­ba nada nue­vo, en el cen­tro de la pared, de mane­ra casi per­fec­ta en el cen­tro geo­mé­tri­co, un espe­jo, de gran­des pro­por­cio­nes, que atra­jo su aten­ción, mar­co dis­cre­to, casi indis­tin­gui­ble de la super­fi­cie reflec­tan­te y jus­to detrás de su pro­pio refle­jo, embo­za­do, blan­co como un fan­tas­ma, rígi­do como espan­ta­pá­ja­ros, se veía la ven­ta­na, aho­ra con la cor­ti­na cerra­da. Un buen tru­co, efec­ti­vo, para maxi­mi­zar la luz solar que entra­ba en la habi­ta­ción, sin duda un deta­lle más de mamá, papá tenía bas­tan­te con lle­gar a casa y sen­tar­se en su esqui­na del letár­gi­co sofá azu­lón.

Al menos en la habi­ta­ción no había alcohol a la vis­ta. Olfa­teó pro­fun­da­men­te, pala­dean­do cada molé­cu­la de sus­tan­cia olfa­ti­va, masa­jeán­do­las en su nariz y dejan­do tra­ba­jar a la par­te más pri­mi­ti­va y ani­mal de su cere­bro. Hume­dad, pero no esa hume­dad enfer­ma y pega­di­za del moho y la podre­dum­bre, era la hume­dad sana del bos­que que rodea­ba la casi­ta, con ese dul­zón del oto­ño y los hon­gos que los micó­lo­gos lla­man “olor de hari­na recién moli­da” aun­que nadie sepa a qué cojo­nes se refie­ren. El olor acre de la san­gre que impreg­na­ba par­tes de la estan­cia, con un leve toque áci­do y cobri­zo qui­zá. Pero nada de los vapo­res dul­zo­nes y embria­gan­tes de des­ti­la­dos, ni de los más rudos, térreos, de los fer­men­ta­dos.

Nue­va nube, de color pla­tea­do, bri­llan­te como el espe­jo, que puso jun­to a las otras en su mapa men­tal.

La esqui­na dere­cha era una copia cla­va­da de su her­ma­na de la izquier­da. Ni un solo adorno, ni uno de esos pla­tos con los que la gen­te se empe­ña en ador­nar las pare­des de mane­ra abi­ga­rra­da y sin ápi­ce de gus­to o cono­ci­mien­to de armo­nía, geo­me­tría o pro­por­cio­nes. Sim­ple­men­te la pared vacía, aun­que era de des­ta­car que, miran­do la pared en su con­jun­to, con el volu­mi­no­so espe­jo en su cen­tro, tenía su gra­cia, el mun­do natu­ral refle­ja­do en el mun­do fabri­ca­do por el ser humano, pare­cía un cua­dro en per­pe­tuo movi­mien­to en medio de la nada del blan­co cru­do.

Otros 90 gra­dos, y ya mira­ba a la pared opues­ta a la del estú­pi­do —abu­rri­do, abu­rri­do, abu­rri­do— sofá. Esqui­na izquier­da. Un anti­guo reloj de pared que pare­cía fun­cio­nar y mar­car la hora correc­ta. De for­mas oscu­ras y sobrias, nada recar­ga­das, pero con la ele­gan­cia y la páti­na de otros tiem­pos. Se que­dó miran­do el pén­du­lo dora­do unos minu­tos, como si inten­ta­se auto­in­du­cir­se un tran­ce hip­nó­ti­co, has­ta que solo veía un borrón dora­do movién­do­se en el aire.

Aho­ra escu­cha­ba, tac, tac, tac. Nada de ese estú­pi­do tic­tac ono­ma­to­pé­yi­co de los libros. El soni­do era exac­ta­men­te igual en ambos sen­ti­dos pen­du­la­res. El soni­do de los anti­guos engra­na­jes bien cui­da­dos y engra­sa­dos. Esto le gus­ta­ba, cada cosa en su sitio correc­to, de la for­ma correc­ta, nada de estri­den­cias. Como un sua­ve mur­mu­llo bajo el rít­mi­co soni­do arti­fi­cial lle­ga­ba par­te del soni­do del vien­to agi­tan­do las ramas de los árbo­les, y el bre­ve piar de algún pája­ro cer­cano mar­can­do su terri­to­rio. Una nube­ci­ta con mane­ci­llas, simi­lar a las ante­rio­res, flo­ta­ba sobre el lien­zo que no deja­ba de pin­tar con su mera volun­tad.

Jus­to a su dere­cha, en el cen­tro de la pared, la chi­me­nea, una anti­gua chi­me­nea remo­de­la­da y recons­trui­da no para ser solo boni­ta, sino tam­bién fun­cio­nal. Mamá tam­bién. A papa le hubie­ra bas­ta­do has­ta una cutre estu­fa de butano con la pan­ta­lla reque­ma­da ¿Ver­dad que sí? Y segu­ro que la casa en invierno, pega­da al bos­que como esta­ba podía lle­gar a ser muy fría.

En el cen­tro del hogar, los pocos res­tos que que­da­ban de la ropa que­ma­da de mamá. El pan­ta­lón, el sué­ter y su ropa inte­rior, casi redu­ci­dos a ceni­zas, de mane­ra metó­di­ca, como había sido metó­di­co el úni­co cor­te que había raja­do la gar­gan­ta de papá, posi­ble­men­te dor­mi­do por los sig­nos obser­va­dos en el cuer­po que se habían lle­va­do al anató­mi­co foren­se mien­tras él se embu­tía en el inma­cu­la­do tra­je blan­co que pro­ba­ble­men­te aho­ra esta­ría gri­sá­ceo y motea­do de rojo.

Inclu­so sen­ta­do don­de esta­ba, en el cen­tro de la habi­ta­ción, podía ver que antes de ser que­ma­das, las pren­das habían sido cui­da­do­sa­men­te dobla­das y dis­pues­tas una sobre otra, en un extra­va­gan­te ritual repe­ti­do en otras oca­sio­nes. El grue­so jer­sey era aho­ra una gro­tes­ca pira ape­nas humean­te. Igual que en los cua­tro casos pre­ce­den­tes. ¿Qué que­ría comu­ni­car aquel tipo antes de lle­vár­se­las a hom­bros dro­ga­das y des­nu­das? ¿Que­mar lo anti­guo? ¿Tras­mu­tar lo imper­fec­to? ¿Bús­que­da del Fénix? O qui­zá sim­ple­men­te una mues­tra de odio y des­pre­cio, una mane­ra de des­hu­ma­ni­zar­las y aver­gon­zar­las, desem­po­de­rar­las. Posi­ble­men­te una mez­cla, deci­dió. Una ardien­te antor­cha en for­ma de nube se unió a las demás flo­tan­do sobre el lien­zo ya casi com­ple­to.

A la dere­cha de la chi­me­nea, solo la puer­ta, sin nada espe­cial, ni extra­va­gan­te ni dis­cre­ta, una sim­ple puer­ta que daba acce­so al ves­tí­bu­lo alre­de­dor del cual se repar­tían baño, coci­na, y una esca­le­ra que daba acce­so a la plan­ta supe­rior con 3 dor­mi­to­rios de tama­ño están­dar. Qui­zá más ade­lan­te repi­tie­ra el pro­ce­so en el res­to de la casa, pero aho­ra la pri­sa empe­za­ba a roer­le las entra­ñas, la pri­sa de un pre­da­dor ace­chan­do a su pre­sa que casual­men­te era otro pre­da­dor.

Ape­lan­do a su auto­con­trol, adqui­ri­do duran­te toda la vida, una vida rodea­do de gen­te que no nun­ca le había com­pren­di­do y nun­ca le enten­de­ría, giró de nue­vo el cuer­po otros 90 gra­dos, hacia la pared con el amplio ven­ta­nal. La pared había sido refor­ma­da con un deli­ca­do equi­li­brio entre la estan­quei­dad (grue­sos cris­ta­les bien sella­dos a un arma­zón moderno recu­bier­to de made­ra anti­gua pero cui­da­da) y la máxi­ma entra­da de luz. Mamá era licen­cia­da en Bellas Artes y hacia peque­ños tra­ba­jos arte­sa­na­les. Segu­ro que ado­ra­ba la luz que entra­ba a rau­da­les por la amplia cris­ta­le­ra. Aún con la cor­ti­na cerra­da y la poca luz que que­da­ba se intuía que el pai­sa­je debía ser con­mo­ve­dor para los que se preo­cu­pan por esas cosas.

Con una súbi­ta ins­pi­ra­ción pro­fun­da, fue salien­do de su tran­ce poco a poco, obli­gán­do­se a ple­gar el lien­zo cui­da­do­sa­men­te, por la mitad, en cuar­tos, octa­vos, die­ci­sei­sa­vos, y lue­go hacién­do­lo entrar en un cajón crea­do en su men­te per­fec­ta­men­te eti­que­ta­do con los datos iden­ti­fi­ca­ti­vos que le habían lle­va­do a aque­lla esce­na del cri­men. Tras esti­rar poco a poco los múscu­los de su cuer­po ya ate­ri­do, se levan­tó con un bri­llo en los ojos.

Había lle­ga­do el momen­to de la acción, y todo el mun­do sabía que la mejor arma para atra­par a un soció­pa­ta era otro soció­pa­ta…

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