viernes 23 de diciembre de 2016

Manuel

Camino sola y medio atur­di­da por el dolor del labio, por las calles del cen­tro de Madrid. La llu­via cae, ince­san­te, como lle­va hacien­do los últi­mos quin­ce días de este géli­do invierno. El jer­sey ape­nas me pro­te­ge del frío. He teni­do que salir del hotel de for­ma pre­ci­pi­ta­da antes de que ese ani­mal des­per­ta­se.

Por cen­té­si­ma vez com­prue­bo que la cre­ma­lle­ra de mi vie­ja bol­sa de lona negra está bien cerra­da y el agua no empa­pa mis esca­sas per­te­nen­cias. Cru­zo por delan­te de un esca­pa­ra­te, de una tien­da cerra­da hace tiem­po y echo una mira­da incons­cien­te, bus­can­do el ángu­lo correc­to, para poder mirar si alguien me sigue, un hábi­to de muchos años deam­bu­lan­do por la calle.

Es una suer­te que al menos estoy lim­pia y des­pe­ja­da, mi cere­bro fun­cio­na con nor­ma­li­dad, sin el velo atro­fian­te y mor­tal de la dro­ga y vivo cada día cele­brán­do­lo. El peque­ño incon­ve­nien­te de sen­tir el dolor pun­zan­te de mi labio hin­cha­do, es cien mil veces mejor que el ir de un lado para otro con la men­te vacía y una pro­fun­da sen­sa­ción de sole­dad en mi inte­rior, movien­do mi cuer­po como una mario­ne­ta, des­co­nec­ta­da del mun­do.

¿Esa es su silue­ta? ¿Me está siguien­do? La adre­na­li­na del mie­do me hace apre­tar aún más el paso y giro en varias esqui­nas, yen­do en zig­zag hacia mi san­tua­rio don­de espe­ro no encon­trar­me sola. La esqui­va som­bra que me seguía sigue ade­lan­te abrien­do apre­su­ra­da uno de los por­ta­les.

Me refu­gio diez minu­tos en la som­bra de un por­tal cerra­do, echan­do mira­das a los dos lados de la calle por la que he veni­do, no recuer­do el nom­bre, pero no me hace fal­ta. Podría reco­rrer estas calles con los ojos cerra­dos, tan­tos clien­tes en tan­tos años…

El por­tal hue­le a húme­do y ran­cio y pro­vo­ca una corrien­te de aire géli­do que se mete en mis hue­sos, como si tuvie­ra frío acu­mu­la­do en sus entra­ñas, pero no me impor­ta dema­sia­do y el repen­tino frío ayu­da a disi­par lige­ra­men­te el dolor de mi cara.

Com­prue­bo con mi mano el bol­si­llo late­ral, y un tac­to metá­li­co con bor­de ase­rra­do me tran­qui­li­za y ale­gra por par­tes igua­les. Ahí está, no la he per­di­do y pron­to esta­ré en el úni­co sitio que me per­mi­te ser feliz de ver­dad.

Solo que­dan un par de calles, pero la llu­via arre­cia cada vez más fuer­te. Dedi­co los minu­tos en el por­tal a pen­sar la mejor estra­te­gia para mojar­me lo menos posi­ble, y me lan­zo de nue­vo a la calle, con un tro­te lige­ro, con­su­mien­do mis últi­mas fuer­zas del día, espe­ran­do pasar la tor­tu­ra de los miles de agu­jas hela­das cla­ván­do­se en mi cuer­po lo antes posi­ble.

Jadean­te, divi­so el por­tal entre la cor­ti­na de agua, con mis ojos enfo­cán­do­lo ape­nas entre gote­ro­nes de agua y el can­san­cio de la inopor­tu­na carre­ra, estoy reha­bi­li­ta­da, pero mi cuer­po aun es débil, y cele­bro inte­rior­men­te la capa­ci­dad de sen­tir, aun­que sea la rapi­dez de mi agi­ta­da res­pi­ra­ción y la velo­ci­dad de bom­beo de mi cora­zón, luchan­do por mover mi alto y des­gar­ba­do cuer­po. Por for­tu­na – me digo iró­ni­ca­men­te – aho­ra peso poca cosa.

El por­tal está entre­abier­to. Me evi­ta tener que usar el des­ven­ci­ja­do por­te­ro auto­má­ti­co y entro como una exha­la­ción lan­zan­do un pro­fun­do sus­pi­ro de ali­vio. Con una moji­ga­te­ría impro­pia de mi, me apar­to el pelo de la cara inten­tan­do escu­rrir­lo lo sufi­cien­te para no pare­cer una baye­ta moja­da, y colo­co un poco mi jer­sey negro, hace lar­go tiem­po dado de sí y que me cubre como un saco.

Toco el tim­bre, con el cora­zón a pun­to de salir­se de mi pecho y, cuan­do abre, su tier­na mira­da de gigan­te sabio me cubre. Y, de repen­te, se vuel­ve de hie­lo mor­tal al ver la heri­da.

— No es para tan­to, made­ro – le digo sua­ve­men­te.

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