miércoles 12 de octubre de 2016

Julia

Cuan­do abrí la puer­ta, allí esta­ba Julia, con sus vaque­ros sucios y empa­pa­dos y un jer­sey negro dado de sí, ago­ta­da y silen­cio­sa, esta vez con un labio hin­cha­do y con san­gre rese­ca en la cos­tra. El pelo empa­pa­do y lacio por la llu­via ince­san­te de aquel desa­pa­ci­ble día de invierno. Lle­va­ba, como siem­pre su gran bol­so de lona impermea­ble con sus esca­sas per­te­nen­cias. Debió fijar­se en mi mira­da de hie­lo al ver el gol­pe en su cara, por­que dijo sua­ve­men­te:

—No es para tan­to, made­ro —Sabía per­fec­ta­men­te que hacía años que tenía la baja per­ma­nen­te de mi pues­to de ins­pec­tor de la poli­cía nacio­nal, gajes del ofi­cio por un bala­zo en un mal sitio.

—Ya sabes dón­de está todo —La invi­té. Asin­tien­do con la cabe­za, entró en mi casa y fue hacia el cuar­to que yo reser­va­ba úni­ca­men­te para cuan­do, una vez al año de media, la vida la obli­ga­ba a apa­re­cer, como me dijo una vez hace tiem­po, su san­tua­rio.

Tenía­mos un acuer­do táci­to: En mi casa no había alcohol dro­gas o taba­co de nin­gún tipo y no debía haber­los, y a cam­bio yo res­pe­ta­ba su espa­cio, con­ver­sa­ba con ella y me unía a sus silen­cios. Sacan­do su copia de la lla­ve del cuar­to de su aja­da bol­sa, de la cual el ori­gi­nal esta­ba en mi caja fuer­te, la abrió y la cerró tras de sí.

Por mi par­te, mien­tras ella deja­ba sus cosas y se metía en la ducha, me puse a tras­tear en la coci­na para pre­pa­rar la cena que com­par­ti­ría­mos. Saqué de la neve­ra todo lo nece­sa­rio para hacer un buen cal­do nutri­ti­vo (fon­do de car­ne, cebo­lla y mul­ti­tud de ver­du­ras). Tam­bién cogí un buen peda­zo de lomo de sal­món que hacía un par de días había mari­na­do y ahu­ma­do. De pos­tre ten­dría que valer un poco de hela­do en unas copas.

Mien­tras aten­día a la sopa, cor­té el pes­ca­do en tiras de unos milí­me­tros de gro­sor y las colo­qué en una fuen­te alar­ga­da con un poco de ensa­la­da. Cuan­do lle­vé todo a la mesa des­pués de colo­car cubier­tos, pla­tos y vasos, Julia salía por la puer­ta del cuar­to con el pelo aún húme­do y uno de los pija­mas de man­ga lar­ga que tenía en el cuar­to a su dis­po­si­ción. Esta­ba algo recu­pe­ra­da. Cena­mos casi en silen­cio, como siem­pre y vi como su cara iba reto­man­do el color y su cuer­po deja­ba de tiri­tar.

Y aho­ra, venía lo mejor.

Entu­sias­ma­da como una niña se acer­có rápi­da­men­te a su bal­da pri­va­da de vini­los. Cada vez que deci­día irse, yo com­pra­ba un nue­vo vini­lo de músi­ca clá­si­ca y lo deja­ba en el estan­te al lado del ante­rior, siem­pre cerra­do y pre­cin­ta­do has­ta que vol­vía a apa­re­cer, y ella lo cogía, se lo lle­va­ba a mi buta­ca —que esos días era su buta­ca— lo abría con un sus­pi­ro de satis­fac­ción, lo ponía en el pla­to y se tum­ba­ba en el sue­lo a escu­char­lo con los ojos cerra­dos y una son­ri­sa que ilu­mi­na­ba su cara.

No en vano, en 30 años de carre­ra Julia era la úni­ca pros­ti­tu­ta que cono­cía que tenía la carre­ra de piano y estu­dios de com­po­si­ción. Esta vez era una gra­ba­ción en vini­lo de 180 gra­mos y libre­to de 32 pági­nas de Rach­ma­ni­noff, uno de sus com­po­si­to­res pre­fe­ri­dos según fui cono­cien­do por ensa­yo y error.

Me tum­bé cer­ca, deján­do­la espa­cio, y cerré los ojos. Si tenía suer­te, ella me susu­rra­ba fra­ses sobre lo que escu­cha­ba y el pro­pó­si­to del autor. Esta vez, con­cen­tra­do en la músi­ca escu­che una sua­ve risi­ta y me dijo:

—Vein­ti­cin­co años que nos cono­ce­mos y aún no sabes escu­char músi­ca, Manu. – Que me lla­ma­ra Manu sig­ni­fi­ca­ba que se encon­tra­ba como en casa, libre y rela­ja­da. Era su mane­ra de agra­de­cer­me.

—No entien­do – reco­no­cí sin saber de lo que me habla­ba.

—La músi­ca se escu­cha con el cuer­po, no con los oídos, deja de pen­sar y sien­te.

—Estoy sin­tien­do —me enfu­rru­ñe como un niño. No se dig­nó a con­tes­tar, pero sen­tí su mira­da bur­lo­na en mi cara.

—Lle­vo 6 meses lim­pia —me dijo con orgu­llo. Ya me había fija­do que las seña­les de pin­cha­zos de sus bra­zos ape­nas eran visi­bles y los sín­to­mas de años de alcohol y taba­co eran menos acu­sa­dos.

—Me ale­gro muchí­si­mo Julia —Dije de cora­zón.

Esa noche pasé muchas horas des­pier­to, inten­tan­do adi­vi­nar si Julia des­apa­re­ce­ría a la maña­na siguien­te has­ta que nece­si­ta­rá reno­var su fe en la huma­ni­dad o sería capaz de per­ma­ne­cer unos días más con­mi­go.

No fue capaz.

2 Comentarios a “Julia”

  1. Francisco Torpeyvago

    Como siem­pre, un rela­to impre­sio­nan­te.
    Me asom­bra tu capa­ci­dad de tra­tar tan­tos géne­ros —había escri­to ori­gi­nal­men­te «temas»— y con ese rea­lis­mo que mez­cla lo dul­ce con lo amar­go.
    Como siem­pre, un pla­cer leer­te.
    PS.- Lo de pros­ti­tu­ta, y bara­ta por lo que insi­núa el rela­to, pero con estu­dios, lo he oído más de dos veces.

  2. admin

    Muchas gra­cias por tus pala­bras, no sabes cuan­to las agra­dez­co. Per­do­na la tar­dan­za en con­tes­tar, lle­vo un tiem­po a muchas cosas y no había teni­do tiem­po ni para pasar­me por el blog :)

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