martes 8 de marzo de 2016

El Pozo

Cuan­do des­per­té, ate­ri­do de frío, lo pri­me­ro que vie­ron mis ojos fue la noche estre­lla­da. Sobre mi cabe­za, se veía per­fec­ta y bri­llan­te Ursa Minor, la Osa Menor, con Pola­ris seña­lan­do el Nor­te. La luna lle­na bri­lla­ba en todo su esplen­dor. Nota­ba la cabe­za lige­ra­men­te embo­ta­da, y un lige­ro sabor amar­go en la boca. El lugar exuda­ba un olor acre, amar­go y húme­do.

Me sen­té len­ta­men­te, apo­yan­do mi espal­da en un mure­te semi­de­rrui­do a mi espal­da, y una vez con­se­guí con­tro­lar mi agi­ta­da res­pi­ra­ción, con­tem­plé, con todos mis sen­ti­dos ya en ple­nas facul­ta­des el lugar en que me halla­ba. Pare­cía ser un patio inte­rior de una anti­quí­si­ma for­ta­le­za, aba­día o simi­lar.

Al fon­do, se alza­ba una pared reple­ta de mus­go ver­de rezu­man­do hume­dad y líque­nes pla­tea­dos. En el cen­tro de la pared se encon­tra­ba una pla­ca con una ins­crip­ción. Giran­do mi mira­da, podía ver que a los lados del muro se abrían dos arque­rías de medio pun­to, 3 arcos en cada late­ral. Las pie­dras esta­ban tan dete­rio­ra­das y eran tan anti­guas que no con­se­guí reco­no­cer de qué perio­do his­tó­ri­co pro­ve­nían, ni tan siquie­ra una loca­li­za­ción geo­grá­fi­ca apro­xi­ma­da.

En el cen­tro del patio, entre cuyas bal­do­sas ape­nas sur­gía vege­ta­ción, en con­tras­te con la fron­do­si­dad de ver­des de los muros, se alza­ba un enor­me pozo, de unos 5 pasos de diá­me­tro y cuyo pre­til lle­ga­ba casi has­ta mi pecho y me impe­día ver lo que había en él. «Maes­tros del Círcu­lo, ¿Dón­de estoy esta vez?» —me pre­gun­té con­fun­di­do.

Afor­tu­na­da­men­te, duran­te la Tras­la­ción no había per­di­do la lige­ra mochi­la de cue­ro en la que trans­por­ta­ba los ense­res que iba a nece­si­tar para mi misión. Se encon­tra­ba al lado de mi mano izquier­da, lis­ta para ser usa­da.

Me levan­té con cui­da­do y pro­bé mis pier­nas andan­do len­ta­men­te, y vien­do que no tenía pro­ble­mas, me puse a hacer una ins­pec­ción más pro­fun­da de lo que me rodea­ba. Reco­lo­qué mi casu­lla para que me cubrie­ra por com­ple­to pro­te­gién­do­me de la géli­da noche y col­gué la mochi­la de mi hom­bro con acce­so con­ve­nien­te a sus bol­si­llos y reco­ve­cos para mi mano dere­cha.

Empe­cé a reco­rrer el perí­me­tro en el sen­ti­do de las agu­jas del reloj con­tan­do los pasos de cada lado, no me había equi­vo­ca­do, cada lado tenía 30 pasos for­man­do un cua­dra­do per­fec­to. Por el momen­to deci­dí no explo­rar los oscu­ros sopor­ta­les, la ener­gía oscu­ra que emer­gía de ellos era dema­sia­do pode­ro­sa en el esta­do de con­fu­sión en que me encon­tra­ba. Suc­cio­na­ba mi ser con dedos de hie­lo.

Bor­deé el enor­me pozo memo­ri­zan­do cada pie­dra, cada reco­ve­co, des­cu­brien­do con horror que lo que en prin­ci­pio toma­ba por man­chas de barro eran en reali­dad gran­des zonas de san­gre coa­gu­la­da.

Aso­mán­do­me con cui­da­do al inte­rior, fui inca­paz de ver cuan­tos metros des­cen­día aquel pavo­ro­so agu­je­ro en la tie­rra y casi caí a su inte­rior por los pes­ti­len­tes eflu­vios que mana­ban de él.

Recu­pe­ra­do de la impre­sión, me acer­qué a la pla­ca tras lan­zar sobre mí los per­ti­nen­tes con­ju­ros de Pro­tec­ción. La pla­ca, de metal negro y sin una sola grie­ta visi­ble tenía ins­cri­to en un bajo­rre­lie­ve una pala­bra en un alfa­be­to rúni­co des­co­no­ci­do para mí. Dado que no se veía mar­ca de cin­cel ni herra­mien­ta algu­na, supe con segu­ri­dad que había sido crea­da con magia de Fue­go y Tie­rra. Los tra­zos eran dema­sia­do pode­ro­sos para ser trans­cri­tos en par­te algu­na, y por ello los omi­to de esta bre­ve cró­ni­ca. De segu­ro, era un men­sa­je de muer­te y oscu­ri­dad.

Una vez hube vis­to todo lo que debía ver me sen­té en com­ple­to silen­cio don­de había des­per­ta­do medi­tan­do en mi Ser. Y aguar­dé.

Horas des­pués, aso­man­do el alba, delan­te de mí apa­re­ció. Una peque­ña niña, de no más de 4 años, can­ta­ba ale­gre dan­do vuel­tas al pozo. Su cuer­po trans­lu­ci­do, una leve som­bra de lo que fue, rezu­ma­ba amor entre tan­ta podre­dum­bre. La can­ción, incom­pren­si­ble para mí, pare­cía una sen­ci­lla tona­da impro­vi­sa­da. Des­pués de varias vuel­tas per­ci­bió mi pre­sen­cia y me miró dubi­ta­ti­va y con gran­des ojos espe­ran­za­dos. Me pre­gun­tó algo inin­te­li­gi­ble cha­pu­rrean­do en su idio­ma. No lo enten­dí con los oídos, si no con el Sen­ti­do Interno:

—¿Pue­des ayu­dar­me?

Invis­tién­do­me en el Poder, pro­nun­cié en voz alta y cla­ra:

—Eres libre

Su figu­ra se des­va­ne­ció en segun­dos, y la pér­fi­da pre­sen­cia man­te­ni­da por los incon­ta­bles sacri­fi­cios en el oscu­ro pozo des­apa­re­ció tras un lar­go gemi­do de lucha.

Antes de vol­ver a mi tiem­po y espa­cio guia­do por los Ancia­nos, escu­ché un leve susu­rro infan­til dedi­ca­do a mí:

«Gra­cias»

2 Comentarios a “El Pozo”

  1. Francisco «Torpeyvago»

    En cier­tas oca­sio­nes te encuen­tras con un rela­to que lees sin parar a res­pi­rar. Y no es, nece­sa­ria­men­te, por la «acción» tre­pi­dan­te. Bas­ta con el ambien­te, una bue­na des­crip­ción para sumer­gir­nos en la his­to­ria, y un final que te deje con­te­nien­do el alien­to.

  2. admin

    Muchas gra­cias por tu comen­ta­rio :)

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