martes 5 de enero de 2016

La Duna

Se arro­di­lla sobre la duna y reco­ge los gra­nos con los puños, apre­tán­do­los con fuer­za, mien­tras mira al infi­ni­to de la nada, estos se escu­rren entre los dedos, igno­rán­do­los en su esfuer­zo.

Impo­ten­cia, mien­tras obser­va la inter­mi­na­ble hile­ra de per­so­nas que cru­za el desier­to con todas sus per­te­nen­cias enci­ma. Rabia, mien­tras recuer­da los res­tos bom­bar­dea­dos de su pre­cio­sa ciu­dad. El barrio don­de vivía aho­ra es un mon­tón de escom­bros cal­ci­na­dos por las bom­bas de raci­mo. El par­que jun­to a su blo­que de apar­ta­men­tos un puña­do de ceni­za gri­sá­cea que lo cubre todo. Tris­te­za incon­so­la­ble, muchos de sus ami­gos, con los que juga­ba al fut­bol y a la con­so­la que­da­ron ente­rra­dos entre ellos. Terror a los hom­bres embo­za­dos y arma­dos con fusi­les, de quién sabe que fac­ción, revi­san­do que la ves­ti­men­ta sea ade­cua­da a sus pre­cep­tos en nom­bre de quién sabe qué Dios.

Su pro­pia fami­lia se para a espe­rar­le, su madre le mira, silen­cio­sa bajo su hijab de un ver­de des­vaí­do, no com­pren­de lo que hace pos­tra­do bajo el sol abra­sa­dor. Su padre le tien­de la mano, mudo, silen­cio­so, con ter­nu­ra insos­pe­cha­da, invi­tán­do­le a levan­tar­se.

Su her­ma­na peque­ña, con su emba­rra­do pelu­che deba­jo del bra­zo, con boto­nes remen­da­dos a toda pri­sa don­de antes hubo unos relu­cien­tes ojos de metal negros y bri­llan­tes le mira inse­gu­ra, a pun­to de sol­tar­se a llo­rar, apre­tan­do la man­dí­bu­la para no hacer­lo.

Bajo su pelo apel­ma­za­do por el sudor y el pol­vo, que has­ta hace ape­nas días era bri­llan­te y ensor­ti­ja­do, su fren­te apa­re­ce febril y que­ma­da, con reta­zos de piel a medio rege­ne­rar. Nece­si­ta algo real a lo que afe­rrar­se, nece­si­ta a su her­mano mayor. Ha sido fuer­te, ha sido valien­te has­ta el lími­te y mucho más. «Por favor, no te rin­das» —supli­ca su mira­da en silen­cio.

Con un sus­pi­ro, ayu­da­do por la mano ten­di­da de su padre, se levan­ta y empie­za a cami­nar, impos­tan­do fir­me­za, ade­lan­te, siem­pre ade­lan­te, has­ta el siguien­te pue­blo, la siguien­te ciu­dad, la siguien­te mon­ta­ña, el siguien­te río, el mar, el muro alam­bra­do que no le deja­re­mos pasar escu­da­dos en nues­tra codi­cia, en nues­tra igno­ran­cia, en nues­tras cuo­tas inhu­ma­nas.

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