miércoles 25 de noviembre de 2015

Pinceladas

No hay cie­lo ni tie­rra
sólo nie­ve
que cae eter­na­men­te
HAS­HIN

Hojas marro­nes, ama­ri­llas, anaran­ja­das, roji­zas, de tonos innu­me­ra­bles, caen al sue­lo sua­ve­men­te. Llu­via cons­tan­te las des­ha­ce. El frio se acer­ca entre reta­zos de un sol ale­tar­ga­do y nubes gri­sá­ceas. Luz inten­sa, vívi­da, que con­ge­la los ins­tan­tes en el no-tiempo. Los bos­ques bos­te­zan pre­pa­rán­do­se para el des­can­so inver­nal. El basa­jaun y la basan­de­re se reti­ran a lo más pro­fun­do de la mon­ta­ña.

Revuel­tos de setas, «Risot­to ai fung­hi por­ci­ni», puré de ver­du­ras, mor­ci­llo esto­fa­do con pata­tas y alca­cho­fas, cebo­lla cara­me­li­za­da, olo­res dul­ces e inten­sos, puré de cas­ta­ñas, olor a hier­ba y barro levan­ta­do por la llu­via, a nís­ca­lo, a corri­llo de sen­de­rue­las. Se reco­ge la últi­ma fru­ta del año en gran­des canas­tos de mim­bre oscu­ro endu­re­ci­do por los años y se api­la la leña recién cor­ta­da.

«Aria mit vers­chie­de­nen Verän­de­run­gen vors Cla­vi­cim­bal mit 2 Manua­len» con Glenn Gould al piano mur­mu­ran­do en el estu­dio, soni­dos de arpa y flau­ta tra­ve­se­ra, Naseer Sham­ma al oud  impro­vi­sa un maqam dedi­ca­do a lo infi­ni­to. Poe­sía de Emily Dic­kin­son, Walt Whit­man y Gar­cía Lor­ca.

Arre­cia el frio, borras­cas de vien­to frio y hie­lo. Todo es gris y todo es silen­cio. Todo duer­me, des­can­sa, trans­mu­ta. Los árbo­les son esta­tuas pela­das que se mecen sua­ve­men­te en la infi­ni­tud blan­ca cubier­tas con cora­zas de liquen y mus­go. Noches azul oscu­ro casi vio­le­ta, trans­lu­ci­das, cris­ta­li­nas, con estre­llas bri­llan­tes y tem­pe­ra­tu­ras que hie­lan la san­gre.

Toma­tes esto­fa­dos con un gol­pe de oré­gano que inun­dan el pala­dar de aci­dez, fres­cu­ra y un sua­ve dul­zor, puré de cala­ba­za calien­te con viru­tas de par­me­sano des­ha­cién­do­se en la super­fi­cie, carri­lle­ra esto­fa­da que se des­ha­ce en boca, beren­je­nas relle­nas de cor­de­ro con pimen­tón pican­te, olor a leña húme­da empe­zan­do a pren­der, a cas­ta­ñas y pata­tas asa­das en los res­col­dos.

Cuen­tos sin fin alre­de­dor de la hogue­ra. El mie­do a la nada, el vacío y el silen­cio se com­ba­ten en común, los víncu­los de la tri­bu se refuer­zan con can­cio­nes y pro­tec­ción mutua. Bru­ma­lia se acer­ca y la noche es cada día más lar­ga. El sue­lo es barro de pie­dra, las plan­tas esque­le­tos leño­sos, los ria­chue­los y ríos relám­pa­gos de hie­lo.

La noche se acor­ta, el vien­to se apia­da, y el fru­to de la tie­rra empie­za a pal­pi­tar des­pa­cio, muy des­pa­cio. «Tum, tum…» «tum, tum» sue­na para quien sabe escu­char. Las pri­me­ra vio­le­tas aso­man desafian­tes, y peque­ños cru­ji­dos ras­gan el hie­lo. El sol apa­re­ce entre las nie­blas, cega­dor, borran­do las pesa­di­llas de los sue­ños del hom­bre.

Car­mi­na Bura­na de fon­do, fan­fa­rrias paga­nas, poten­tes tam­bo­res y pan­de­ros, con­sa­gra­ción de la madre tie­rra, « ¡Des­pier­ta, des­pier­ta!». «Rage, rage against the dying of the light» exhor­ta Dylan Tho­mas.

El alud ruge, ani­qui­lan­do las nie­ves eter­nas. Y des­pués, lle­ga la pri­ma­ve­ra.

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