miércoles 5 de agosto de 2015

Μένω εκτός

Soy Mariam, soy Abdul, soy Noor, soy Reza, pero estos son sólo algu­nos de mis miles de nom­bres. Antes – pare­ce que hayan pasa­do siglos – vivía en una peque­ña casa al lado del mar, en un apar­ta­men­to en una gran ciu­dad, en una caba­ña de ado­be jun­to a la mez­qui­ta, en una peque­ña tien­da des­mon­ta­ble en medio de la mon­ta­ña. Juga­ba con las redes de los pes­ca­do­res mien­tras ayu­da­ba a des­en­re­dar­las, tra­ba­ja­ba en una peque­ña empre­sa fami­liar, escri­bía en un peque­ño perió­di­co local, via­ja­ba con nues­tro gana­do bus­can­do la hier­ba más fres­ca.

Un trá­gi­co día, hom­bres arma­dos entra­ron en el pue­blo, enca­pu­cha­dos, y fue­ron casa por casa bus­can­do a niñas como yo para casar­se con ellas, era la volun­tad de Allah, decían. Un vecino malin­ten­cio­na­do me denun­ció por mi orien­ta­ción sexual – Que un hom­bre se enamo­re de otro es un peca­do mor­tal, adu­cía. Las auto­ri­da­des de mi ciu­dad orde­na­ron mi deten­ción por escri­bir sobre la liber­tad de la mujer de lle­var o no hiyab y de deci­dir sobre su pro­pio cuer­po. El ejér­ci­to me per­si­guió con sus gran­des coches blin­da­dos, mi etnia, nóma­da des­de el comien­zo de los tiem­pos, es indig­na y pri­mi­ti­va, y debe des­apa­re­cer para dar paso a la moder­ni­dad y el orden.

Aho­ra no ten­go nada a lo que lla­mar hogar, vagué por desier­tos, mon­ta­ñas con hie­los per­pe­tuos, men­di­gan­do a las cara­va­nas, con ampo­llas, heri­das, miem­bros ampu­tados, has­ta lle­gar a un gran, gigan­tes­co yer­mo reple­to de tien­das de cam­pa­ña de un blan­co inma­cu­la­do, todas orde­na­das en filas y colum­nas de sec­to­res nom­bra­dos con las letras del alfa­be­to y núme­ros con­se­cu­ti­vos.

Aho­ra gen­te con bue­na volun­tad y esca­sí­si­mos recur­sos, me indi­ca que debo espe­rar. ¿Espe­rar? Sí, los gobier­nos cele­bran reunio­nes al más alto nivel para deci­dir quién nos aco­ge o nos deja atra­ve­sar su terri­to­rio. Per­so­nas a las que no impor­to, ves­ti­das con ropas de miles de dóla­res, alre­de­dor de lujo­sas mesas de cao­ba hablan­do de mí como núme­ros y obje­tos.

Por lo que pare­ce, las nego­cia­cio­nes no avan­zan, los gran­des esta­dis­tas tie­nen mie­do, somos difí­ci­les de con­tro­lar, eva­luar y nor­ma­li­zar. Somos dis­tin­tos a ellos, somos un peli­gro para su vida tran­qui­la y sose­ga­da. Sigo espe­ran­do en este infierno, a 45º duran­te el día y -5 al poner­se el sol.

Una línea invi­si­ble pin­ta­da en un mapa, posi­ble­men­te por alguien muer­to hace siglos, me sepa­ra de mi dig­ni­dad. Mons­truo­sas gue­rras coman­da­das por faná­ti­cos de todo tipo sedien­tos de poder aso­lan mis hoga­res. En nom­bre de reli­gio­nes, petró­leo, ideas y dóla­res con­vi­vo con un dolor per­ma­nen­te. Per­dí a mis padres, mis hijos, mis her­ma­nos, mis ani­ma­les, y todo ello sin razón algu­na.

Méno ektós, me que­do fue­ra, mien­tras se deci­den mi futu­ro y mi liber­tad a miles de kiló­me­tros de esta este­pa desola­da. Aun­que no me he que­da­do mudo, he per­di­do mi voz.

Y tú… ¿Me escu­chas?

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