viernes 3 de julio de 2015

La urdimbre del mundo

Cuan­do entré en el cuar­to, como siem­pre bien ilu­mi­na­do y ven­ti­la­do, con las pare­des reple­tas de libros, de un anti­guo toca­dis­cos salía la voz ya madu­ra de Billie Holli­day:

How long I won­de­red, could this thing last
But the age of mira­cles, it hadn’t past
And sud­denly, I saw you stan­ding right the­re
And in foggy Lon­don town, the sun was shi­ning everyw­he­re

Y como siem­pre, Doña Cla­ra, sen­ta­da en su mesa de tra­ba­jo, se afa­na­ba en su mis­te­rio­sa tarea dia­ria: Con un mapa del mun­do pul­cra­men­te dibu­ja­do a lápiz exten­di­do delan­te de ella, con pacien­cia, len­ta­men­te, borra­ba los tra­zos. Con un sus­pi­ro me sen­té en una silla jun­to a ella y espe­ré, como siem­pre algu­na señal, algu­na indi­ca­ción de que era aque­llo que esta­ba hacien­do día tras día. Por pri­me­ra vez en todas las sema­nas que lle­va­ba acu­dien­do a su peque­ño des­pa­cho, ella vol­vió la mira­da hacia mí y son­rió. Aque­lla no era una mira­da demen­te, en el fon­do de sus ojos se apre­cia­ba una inte­li­gen­cia bri­llan­te. La son­ri­sa de la nona­ge­na­ria me dio fuer­za para rea­li­zar mi pre­gun­ta:

—¿Qué está hacien­do, Doña Cla­ra?

Con su voz ancia­na pero fir­me y sere­na con­tes­tó:

—Estoy repa­ran­do la urdim­bre del mun­do.

Asom­bra­do por aque­lla extra­va­gan­te res­pues­ta con­ti­nué la con­ver­sa­ción:

—¿Sabe quién soy?

—Eres Lucas, del hos­pi­tal psi­quiá­tri­co, te envían mis nie­tos para ingre­sar­me —Mien­tras habla­ba sus labios esbo­za­ron una leve son­ri­sa.

—Bueno eso no es exac­ta­men­te así, ellos están preo­cu­pa­dos por lo que hace, no saben a qué ate­ner­se. Se pasa usted las horas borran­do líneas de vie­jos mapas pin­ta­dos a mano.

En ese momen­to repa­ré en algo que en todos aque­llos días que lle­va­ba yen­do, sen­ta­do en la mis­ma silla, escru­di­ñan­do a la ancia­na, no había repa­ra­do, en uno de los estan­tes del secre­ter se encon­tra­ba cui­da­do­sa­men­te colo­ca­do un títu­lo de Maes­tra de Pri­me­ra ense­ñan­za de la Repú­bli­ca. Aho­ra sabía algo más, intuía como seguir la con­ver­sa­ción.

—¿Repa­ra la urdim­bre del mun­do borran­do líneas de un mapa?

—Exac­to. ¿Sabes qué son las líneas que borro?

—¡Las fron­te­ras! Sol­té de gol­pe, casi gri­tan­do. Aho­ra lo veía cla­ro.

Ella son­rió, aho­ra sí, de mane­ra ple­na, y afir­mo con la cabe­za.

—Esas líneas son las cica­tri­ces del mun­do, cica­tri­ces que los seres huma­nos nos segui­mos empe­ñan­do en pro­du­cir. Heri­mos la tie­rra cada vez que nos enfren­ta­mos al otro, nega­mos al otro, nos sen­ti­mos supe­rio­res al otro. —Su voz había ido subien­do in cres­cen­do y por unos momen­tos recu­pe­ró la rabia de su juven­tud— Cada vez que deja­mos al otro morir en la mise­ria, cada vez que teme­mos al otro por ser dife­ren­te, por tener otro color, otra cul­tu­ra, por ser de otro sitio, cada vez que no le deja­mos pasar— Su voz se extin­guió, con un tris­te sus­pi­ro, y vol­vien­do la cabe­za hacia mí preguntó:—¿Aprenderemos algu­na vez?

—¿Apren­der? — Pre­gun­té con­fu­so.

—Que la dife­ren­cia no es mala, si no bue­na, que somos nóma­das que deci­die­ron parar un rato y olvi­da­ron seguir su camino.

Mien­tras refle­xio­na­ba sobre su pre­gun­ta, mis ojos vola­ron a tra­vés del escri­to­rio, y caí en cuen­ta de mi error, mi pro­fun­do error al haber­me obce­ca­do en obser­var a la ancia­na, como obje­to de estu­dio y no como quién era. En el com­par­ti­men­to situa­do sobre aquel en que se veía el anti­guo títu­lo, se encon­tra­ba un fajo encin­ta­do de anti­guas fotos en blan­co y negro.

—Ade­lan­te, cóge­las —Me ani­mó.

Con infi­ni­to cui­da­do comen­cé a pasar las fotos una detrás de otra: Doña Cla­ra delan­te de un gru­po de niños ves­ti­dos de domin­go delan­te de una vetus­ta cla­se, ves­ti­da con un uni­for­me repu­bli­cano con un pesa­do fusil a la espal­da, rodea­da de un gru­po de ofi­cia­les ame­ri­ca­nos en algún lugar sin refe­ren­cias, y final­men­te, en una casa de esti­lo ára­be al lado de un hom­bre de piel leve­men­te bron­cea­da y pelo negro y riza­do al que abra­za­ba por la cin­tu­ra.

—Arge­lia, en el exi­lio —me infor­mó.

Cogien­do una segun­da goma de borrar de una caji­ta al lado del mapa, me miró fija­men­te dicien­do:

—¿Me ayu­das?

Un comentario a “La urdimbre del mundo”

  1. Mamá de marte

    Emo­cio­nan­te, mara­vi­llo­so. Un alma lúci­da e incom­pren­di­da. Con una bata­lla gigan­te para sus mani­tas. Como Gre­cia. …

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