domingo 10 de mayo de 2015

La gran comitiva

Fer­nan­do espe­ra­ba, son­rien­te y feliz, en su lugar asig­na­do ofi­cial­men­te para con­tem­plar la sali­da del enor­me edi­fi­cio pre­si­den­cial de la gran comi­ti­va, apre­tan­do en su peque­ña mano de 15 años de edad el docu­men­to ofi­cial indi­can­do que le corres­pon­día el núme­ro 201.984 en la cola. No era un lugar espe­cial­men­te cer­cano, pero si se ponía de pun­ti­llas podía ver par­te del teja­do. La gran comi­ti­va sal­dría por la puer­ta de carrua­jes, escol­ta­da por los fabu­lo­sos caba­llos blan­cos de la guar­dia y los negros coches blin­da­dos de la escol­ta.

En ese momen­to los alta­vo­ces ins­ta­la­dos en la carre­te­ra die­ron el núme­ro ofi­cial de per­so­nas que habían acu­di­do al his­tó­ri­co momen­to: 1.348.921.

Aquel era un acon­te­ci­mien­to muy impor­tan­te, el pre­si­den­te en per­so­na había pedi­do, en lar­gos dis­cur­sos en todas las tele­vi­sio­nes, que todo el que pudie­ra asis­tie­ra. Inclu­so, se había decla­ra­do el día como fes­ti­vo nacio­nal para que no hubie­ra incon­ve­nien­tes. Se habían impre­so y buzo­nea­do cien­tos de miles de folle­tos a todo color, con gran­des fotos de hom­bres y muje­res son­rien­tes, con sus tra­jes impe­ca­bles dan­do la mano, besan­do en las meji­llas y cogien­do a bebés en bra­zos.

Enton­ces, todo empe­zó a orga­ni­zar­se: Se lim­pió la carre­te­ra con gran­des camio­nes echan­do agua a pre­sión, son­rien­tes fun­cio­na­rios pedían a la gen­te menos afor­tu­na­da que vivía en las calles ale­da­ñas que les acom­pa­ña­ran a los lim­pios y remo­de­la­dos alber­gues (aun­que no había dado tiem­po a ins­ta­lar los sis­te­mas de cale­fac­ción tenían gran­des pilas de man­tas a su dis­po­si­ción, algu­nas de ellas recién com­pra­das). No era digno, ni pul­cro, que aque­llos impor­tan­tes dig­na­ta­rios, lle­ga­dos de todo el con­ti­nen­te vie­ran aque­llas cosas. Ade­más se habían col­ga­do estra­té­gi­ca­men­te car­te­les de bien­ve­ni­da en toda cla­se de idio­mas.

Los barrios tam­bién empe­za­ron a orga­ni­zar­se, con el bene­plá­ci­to ins­ti­tu­cio­nal, que duran­te un par de meses rela­jó las exi­gen­cias para poder estar en la calle a cier­tas horas y más de un cier­to núme­ro de per­so­nas a la vez, y se cele­bra­ron los Comi­tés Barria­les de Recep­ción. Duran­te tres horas, todos los mar­tes y jue­ves de empe­za­ban en la pla­za más gran­de del barrio las asam­bleas a las 9 de la noche, y los sába­dos por la maña­na a las 11 en pun­to, los dele­ga­dos barria­les de recep­ción ponían todo lo habla­do en común en la amplia Pla­za Mayor de la capi­tal para coor­di­nar todo para el gran día.

La gran comi­ti­va venía a sal­var al país. Si bien los últi­mos años habían sido difí­ci­les (habían vivi­do por enci­ma de sus posi­bi­li­da­des y tenían que devol­ver el dine­ro que les habían pres­ta­do otros paí­ses) las cosas iban a cam­biar des­pués de esta impor­tan­te reunión en la sede del gobierno.

Los padres y madres pre­pa­ra­ban la ropa que se pon­drían ellos y sus hijos, recién plan­cha­da y bien col­ga­da en el per­che­ro, y ese mis­mo día por la maña­na todo habían sido son­ri­sas y gui­ños cóm­pli­ces en las casas, exhaus­tos por los lar­gos pre­pa­ra­ti­vos.

El via­je has­ta el lugar asig­na­do había sido fácil. Los barrios habían pedi­do al gobierno una flo­ta de auto­bu­ses (para eso paga­ban sus impues­tos, habían dicho con toda la razón) y habían pedi­do a los con­duc­to­res que apar­ca­ran en las pla­zas más amplias y acce­si­bles, para que todo el mun­do pudie­ra lle­gar a tiem­po sin gran­des incor­dios.

El gran momen­to his­tó­ri­co de Fer­nan­do se acer­ca­ba. Oía a los poten­tes coches rugien­do, acer­cán­do­se len­ta­men­te, con­tem­pla­ban sin duda lo que esta­ba suce­dien­do, segu­ra­men­te impre­sio­na­dos.

Cuan­do el pri­mer caba­llo de la orgu­llo­sa guar­dia pasó fren­te a él, Fer­nan­do, digno, cons­cien­te y orgu­llo­so, le dio la espal­da, al igual que esta­ban hacien­do las res­tan­tes 1.348.920 per­so­nas que esta­ban jun­to a él en una enor­me, gigan­tes­ca, ola de indig­na­ción y com­pro­mi­so.

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