lunes 5 de enero de 2015

Deja que te cuenten

En las anti­guas tri­bus, en los peque­ños asen­ta­mien­tos, antes, mucho antes del naci­mien­to de las anti­guas civi­li­za­cio­nes, los habi­tan­tes del lugar, en noches seña­la­das o momen­tos de ocio y relax se sen­ta­ban en círcu­los, alre­de­dor del fue­go, hip­no­ti­za­dos por una voz, una voz que les habla­ba de lla­nu­ras leja­nas, de cimas inal­can­za­bles, de haza­ñas de sus padres y de sus abue­los, y de los abue­los de estos. Cuan­do el cuen­ta­cuen­tos habla­ba, el mun­do se para­ba y el ser humano escu­cha­ba.

El cuen­ta­cuen­tos, a menu­do ves­ti­do de mane­ra espe­cial para la oca­sión, poseía el poder de la pala­bra, y con ese poder, sana­ba a los que escu­cha­ban de una mane­ra espe­cial y úni­ca. El cuen­ta­cuen­tos, era el encar­ga­do de la kát­har­sis (puri­fi­ca­ción) del gru­po, median­te sus his­to­rias, basa­das en arque­ti­pos uni­ver­sa­les comu­nes a la huma­ni­dad, la cha­ma­na, el cha­mán, el mago, la maga, la rei­na, el rey, el héroe, la heroí­na, el sabio, la pito­ni­sa… lim­pia­ba a sus igua­les de sus nudos emo­cio­na­les, psi­co­fí­si­cos y espi­ri­tua­les.

Cuan­do escu­chas un cuen­to, los bebes cuen­tos para bebes, los niños cuen­tos para niños, los adul­tos cuen­tos para adul­tos, te haces uno con el res­to de la tri­bu, tus igua­les, que com­par­ten con­ti­go esa pala­bra que masa­jea lo más pro­fun­do de tu psi­que y tu emo­ción.

Avrah kah­da­bra, «yo creo como hablo». La pala­bra se hace reali­dad, la pena te abru­ma e inun­da tus ojos de lágri­mas, la risa des­con­tro­la­da te deja sin resue­llo, la intri­ga te deja sin res­pi­ra­ción. De nue­vo eres uno más de una tri­bu, pro­te­gi­do del frio por una gran hogue­ra y sim­ple­men­te escu­chan­do. Y sales puri­fi­ca­do y revi­ta­li­za­do.

El cuen­to no es solo un cuen­to. El cuen­to es genui­na­men­te humano y huma­ni­za­dor. El cuen­to te hace vivir tu vida den­tro de la de otros, te hace vivir esos peque­ños ins­tan­tes de magia que nece­si­ta­mos en nues­tra vida.

Magia, sí, magia, aque­lla que este sis­te­ma inhu­mano y des­hu­ma­ni­za­dor nos qui­ta día a día, ence­rra­dos en ofi­ci­nas, rodea­dos de orde­na­do­res, con luz arti­fi­cial, con aire reci­cla­do, salien­do de casa ape­nas ama­ne­ce, y lle­gan­do mien­tras cae la noche. El cuen­to es un pun­to de apo­yo inme­mo­rial para no per­der el sen­ti­do y caer en el sin­sen­ti­do, aun­que la vida está para vivir­la.

El ser humano, en lo más pro­fun­do de su alma, aun anhe­la la tri­bu, vol­ver a la tri­bu, cada vez más una tri­bu de todos y para todos, com­par­tien­do via­jes a tra­vés de enor­mes desier­tos, sel­vas impe­ne­tra­bles, des­can­san­do jun­to a mares, ríos, lagos, sin impor­tar la etnia, color, géne­ro o edad. Via­jes sin absur­das fron­te­ras, líneas grue­sas sobre mapas que, al fin y al cabo son sólo pro­yec­cio­nes de la reali­dad. Pro­yec­cio­nes que algu­nos, en algún momen­to, crea­ron para no per­der el con­trol sobre algo incon­tro­la­ble. Aque­llos que, cuan­do el cuen­ta­cuen­tos alza­ba sus manos para pedir silen­cio, mur­mu­ra­ban entre sí y se ale­ja­ban a la segu­ri­dad de su cho­za, con sus ense­res per­fec­ta­men­te orde­na­dos, cla­si­fi­ca­dos y fáci­les de mane­jar.

Deja que te cuen­ten, y, si pue­des, cuen­ta a los demás.

Un comentario a “Deja que te cuenten”

  1. una chica d marte

    Nece­si­ta­mos ese lugar don­de nos encon­tra­mos. En las pala­bras nos reuni­mos, avan­za­mos en una his­to­ria q alguien ima­gi­nó. Nece­si­ta­mos expre­sar­nos con nues­tras pala­bras o en las de otros. Muy her­mo­so

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