martes 13 de marzo de 2012

En los ojos sal, en los pies hielo (Silo, 1938 - 2010)

Silo (1938 -2010)

Silo (19382010)

Fer­nan­do fue un buen com­pa­ñe­ro de tra­ba­jo y un cien­tí­fi­co des­ta­ca­do. Inex­pli­ca­ble­men­te aban­do­nó sus tareas y par­tió al Afri­ca. Lue­go, alguien me dijo que anda­ba por Alas­ka. Han pasa­do dos años des­de enton­ces y nadie pudo saber, a cien­cia cier­ta, que fue de él. Si es que aún vive me pare­ce que ya debe estar irre­ver­si­ble­men­te loco e ima­gino cómo pudo haber comen­za­do su des­qui­cio. Entre los pape­les que aban­do­nó en nues­tro labo­ra­to­rio se des­ta­ca un des­or­de­na­do y extra­ño apun­te bas­tan­te ale­ja­do de sus inves­ti­ga­cio­nes habi­tua­les. Helo aquí.

260880.

Esto suce­dió ayer a la madru­ga­da, horas des­pués de haber bebi­do una débil infu­sión de la hoja esme­ral­di­na. Esta­ba solo en el gabi­ne­te de Bio­lo­gía. La músi­ca fluía sua­ve­men­te des­de el peque­ño alta­voz disi­mu­la­do en la pared fron­tal. Creo que en ese momen­to se escu­cha­ba un rit­mo len­to de per­cu­sión y voces. Mien­tras tan­to, sen­ta­do ante la mesa de tra­ba­jo, me sen­tía moles­to por­que nota­ba a mi pie dere­cho bas­tan­te frío y aca­lam­bra­do, con­tras­tan­do con el izquier­do que se man­te­nía par­ti­cu­lar­men­te cáli­do. Había tra­ba­ja­do toda la noche y, no obs­tan­te el ardor de mis ojos, giré el regu­la­dor de luz aumen­tan­do el bri­llo en el con­den­sa­dor del ins­tru­men­to ópti­co. Por déci­ma vez, miré al micros­co­pio la mues­tra vege­tal y vi que los esto­mas bri­lla­ban en color esme­ral­da subido. Agre­gué 500 aumen­tos pero la defi­ni­ción varió dis­pa­re­ja­men­te en los cam­pos del bino­cu­lar debi­do, tal vez, a un des­ajus­te en el apa­ra­to. Lue­go com­pro­bé que no se tra­ta­ba de una falla mecá­ni­ca. Tam­po­co se tra­ta­ba de sim­ple fati­ga visual. De este modo, fijé la vis­ta en los ocu­la­res, sin pes­ta­ñear. Al poco tiem­po com­pro­bé que las imá­ge­nes se diso­cia­ban: el ojo izquier­do veía una cosa y el dere­cho otra, mien­tras cada figu­ra se trans­for­ma­ba siguien­do las insi­nua­cio­nes de la músi­ca. Los esto­mas habían des­apa­re­ci­do y, en cam­bio, unos gru­pos huma­nos se agi­ta­ban en el ocu­lar dere­cho en un ambien­te de frío y hie­lo al tiem­po que en el izquier­do las imá­ge­nes se rela­cio­na­ban con la sal y el calor. Com­pro­bé que la sal tra­du­cía mi can­san­cio pero tam­bién com­pren­dí que se fil­tra­ba en la ima­gen corres­pon­dien­te a mi ojo izquier­do, mien­tras que el dere­cho veía imá­ge­nes tra­du­ci­das del frío y el calam­bre de mi pié dere­cho. No obs­tan­te la diso­cia­ción, las imá­ge­nes se conec­ta­ban per­fec­ta­men­te con una “voz” inter­na que pare­cía diva­gar sobre el micros­co­pio. La músi­ca hacía variar los movi­mien­tos de las imá­ge­nes que veía, pero a veces el soni­do se con­ver­tía en ráfa­gas de vien­to que afec­ta­ban mi ros­tro.

Ale­ján­do­me del apa­ra­to orga­ni­cé una peque­ña tabla en la que pude pre­sen­tar toda la diso­cia­ción aun­que siem­pre conec­ta­da con la diva­ga­ción cen­tral que for­ma­li­cé de este modo: “ En el bino­cu­lar pre­do­mi­na­ron los colo­res cla­ros. Todo bri­lla­ba a la luz del con­den­sa­dor del micros­co­pio, pero arri­ba esta­ban las len­tes que aumen­tan­do los haces lumi­no­sos herían, cris­ta­li­nos, a mis ojos, ya enton­ces dema­sia­do fati­ga­dos”.

Diva­ga­ba sobre el micros­co­pio de este modo: En el bino­cu­lar…

En el ojo izquier­do… comen­cé a ver gen­te que, en colo­ri­dos gru­pos, rodea­ba altas esta­lag­mi­tas de sal. Eran afri­ca­nos de dis­tin­tas nacio­na­li­da­des comer­cian­do entre sí. Len­ta­men­te desa­nudaron sus bul­tos en los que… (pre­do­mi­na­ron los colo­res cla­ros).

En el ojo dere­choencon­tré un desier­to de gre­da rese­ca y par­ti­da. Todo era opa­co, casi negro. En sua­ve movi­mien­to los cos­tro­nes se fue­ron sol­dan­do en una masa. Pron­to en ella… . (pre­do­mi­na­ron los colo­res cla­ros).

Así fue toda la secuen­cia:

En el bino­cu­lar


comen­cé a ver gen­te que, en colo­ri­dos gru­pos, rodea­ba altas esta­lag­mi­tas de sal. Eran afri­ca­nos de dis­tin­tas nacio­na­li­da­des comer­cian­do entre sí. Len­ta­men­te desa­nudaron sus bul­tos en los que…

encon­tré un desier­to de gre­da rese­ca y par­ti­da. Todo era opa­co, casi negro. En sua­ve movi­mien­to los cos­tro­nes se fue­ron sol­dan­do en una masa. Pron­to ella


Pre­do­mi­na­ron los colo­res cla­ros.


La situa­ción huma­na era excep­cio­nal. Nadie esta­ba apu­ra­do fren­te a su mon­tícu­lo en agu­ja. Dis­tin­tos gru­pos ento­na­ban un
himno y en la caden­cia se balan­cea­ban con per­fec­to rit­mo. Las esta­lag­mi­tas de sal se ele­va­ban como hor­mi­gue­ros de ter­mi­tas.

El sue­lo se con­ge­ló y allí me vi cami­nan­do des­cal­zo en un piso de hie­lo inter­mi­na­ble.
Des­de los pies hacia arri­ba del cuer­po subía un cos­qui­lleo pun­zan­te


Todo bri­lla­ba a la luz del con­den­sa­dor del micros­co­pio


y me pre­gun­ta­ba cómo se habrían pro­du­ci­do esas for­ma­cio­nes ya que para ello se hubie­ra nece­si­ta­do el agua cayen­do den­sa­men­te,

mien­tras mi ros­tro era azo­ta­do por ráfa­gas de vien­to. Aba­jo, el hie­lo se que­bra­ba, dejan­do abier­tos abis­ma­les pre­ci­pi­cios,


pero arri­ba esta­ban las len­tes


en un cie­lo lim­pio que no podría faci­li­tar las llu­vias. En todo caso, algún líqui­do habría arras­tra­do la sal for­man­do esta­lag­mi­tas.
Así se erguían los túmu­los ansio­sos pero libres, fuer­tes, sin enojos, bus­can­do a los cie­los des­pe­ja­dos

de modo que me encon­tra­ba apre­sa­do en toda direc­ción. Casi ven­ci­do y des­lum­bra­do oí el rugi­do furi­bun­do.
Entre los vien­tos espan­to­sos el refle­jo iba a sus anto­jos dan­do en blo­ques sepa­ra­dos


que aumen­tan­do los haces lumi­no­sos
herían, cris­ta­li­nos, a mis ojos
ya enton­ces dema­sia­do fati­ga­dos.

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