miércoles 17 de marzo de 2010

Esmeralda

Corría el año 2005, a fina­les del verano, en mi pue­blo, La Hirue­la, una peque­ña aldea en la sie­rra de Madrid, con 80 veci­nos en fies­tas… Y 7 en invierno. Aún no había lle­ga­do la épo­ca de los turis­tas, a media­dos de Oto­ño, cuan­do los sue­los se teñían del marrón de las hojas caí­das.

Me des­per­té con inten­ción de dar un lar­go paseo, y cogí la vere­da que lle­va a Car­do­so de la Sie­rra, el pue­blo mas cer­cano, en la zona mas pobre y des­po­bla­da de Gua­da­la­ja­ra. El sen­de­ro, anti­gua­men­te uti­li­za­do para rie­gos, empie­za al lado de dos enor­mes noga­les, peren­ne­men­te fres­cos, y baja len­ta­men­te por una lade­ra, has­ta lle­gar a un arro­yo en ese momen­to medio seco dado lo avan­za­do del estío.
Des­pués, el camino, prác­ti­ca­men­te un tre­cho de hier­bas pisa­das, trans­cu­rre por varias pra­de­ras crea­das por el hom­bre tras muchas déca­das de ramo­neo para ven­der en Madrid car­bón de leña. Los robles que las cir­cun­dan han ensan­cha­do y cre­ci­do con esta prác­ti­ca, dejan­do un pai­sa­je her­mo­so y pode­ro­so.

Final­men­te, lle­gué al puen­te de made­ra sobre el Río Jara­ma, a su dere­cha siguien­do la baja­da del río, naci­do a pocos kiló­me­tros del lugar, hay un con­jun­to de pra­de­ras de ribe­ra, en ese momen­to aun cubier­tas con el rocío de la maña­na, pero sufi­cien­te­men­te secas para no ser moles­tas.

Deci­dí sen­tar­me en una de ellas y casi de mane­ra incons­cien­te, cerré los ojos, res­pi­ré pro­fun­da­men­te y escu­ché los soni­dos de mi alre­de­dor: Los insec­tos zum­ban­do de hoja en hoja, el agua for­man­do una peque­ña cas­ca­da unos metros más allá. Sen­tí el olor de la hier­ba hume­de­ci­da, del rosal sil­ves­tre a mi espal­da, el calor del sol aso­mán­do­se tras la mon­ta­ña. Des­en­tu­me­cí mi cuer­po len­ta­men­te duran­te unos minu­tos.

Súbi­ta­men­te, fui cons­cien­te de que el tiem­po había pasa­do y era hora de vol­ver a la reali­dad, y empren­dí el camino de vuel­ta. Me sen­tía pro­fun­da­men­te rela­ja­do y tran­qui­lo.

Enton­ces al final de la pri­me­ra cues­ta, la más dura de todas, aho­ra jadean­te, obser­ve el grue­so tron­co oscu­ro y arru­ga­do de un vie­jo roble. Soli­ta­rio, al lado del sen­de­ro, con sus ramas secas ten­di­das hacia arri­ba.

Impul­si­va­men­te, sin pen­sar­lo abrí mis bra­zos mien­tras lo obser­va­ba… Y lo vi… ¡Era Todo Ver­de!

2 Comentarios a “Esmeralda”

  1. Natalia

    Muy boni­to

  2. admin

    Muchas gra­cias nata­lia, es la anec­do­ta que pre­pa­ré como ejer­ci­cio del cur­so de cuen­ta­cuen­tos que di :)

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