Sentado en la silla, espalda recta0

Ins­pi­ro, cie­rro los ojos.
Dejo que los recuer­dos inva­dan mi cuer­po.

Cade­na Ser sue­na en la mini­ca­de­na
como cada maña­na de fin de sema­na,
sobre un sua­ve siseo cru­jien­te
de rui­do blan­co y está­ti­ca.

Las maña­nas pasan volan­do en las eras
hace tiem­po yer­mas, cons­tru­yen­do caba­ñas
de pie­dra y ado­bes ama­sa­dos por manos de niño.
Tar­des de rio eter­nas, noches jun­to a la igle­sia
con­tan­do en corri­llo his­to­rias de quie­ro y no pue­do.
Golon­dri­nas capi­ta­nean los cie­los.

Llu­via cons­tan­te,
hon­gos relu­cen en el pas­to húme­do,
endri­nos pun­zan­tes de bayas oscu­ras,
fue­go cre­pi­tan­te en la estu­fa per­sis­ten­te­men­te encen­di­da,
alfom­bras de hojas pre­ña­das de ocres cáli­dos y rojos inten­sos.

Mon­das de naran­ja y man­da­ri­na sobre la sala­man­dra,
inun­dan el aire de olo­res inten­sos.
El silen­cio de la nie­ve cayen­do sin fin,
frio dor­mi­do y arbo­les espec­tra­les
res­guar­da­dos en sus ropa­jes mus­cí­neos.

Lle­ga la furia ale­gre del des­hie­lo,
lade­ras de lavan­da y tomi­llos,
per­sis­ten­tes roda­les de man­za­ni­lla bas­tar­da,
lirios cár­de­nos en pra­de­ras de umbría
se abren bajo el nue­vo sol.

—¡Con­tém­pla­me! —gri­tan alta­ne­ros.

Exha­lo, abro los ojos. Y son­río.