El abuelo

Aquel era uno de aque­llos re­cuer­dos a los que siem­pre se afe­rra­ba en los mo­men­tos ma­los. Tendría ape­nas 5 o 6 años y ju­ga­ba a lu­chas de pi­ra­tas su­bien­do y ba­jan­do la es­ca­le­ra que subía a la buhar­di­lla. Entre ja­deos, in­ten­tan­do re­cu­pe­rar el re­sue­llo, vio por el ra­bi­llo del ojo que su abue­lo se ha­bía de­ja­do la puer­ta de su cuar­to –que ocu­pa­ba to­da la plan­ta ba­jo el te­cho– en­tre­abier­ta, y por la aber­tu­ra po­día ver­le sen­ta­do en su có­mo­do si­llón de ore­jas le­yen­do un grue­so li­bro en si­len­cio. Pese a es­tar ya a me­dia­dos del ve­rano, ves­tía co­mo siem­pre, de ca­mi­sa y pan­ta­lón, con su lar­ga bar­ba blan­ca pei­na­da y acei­ta­da des­can­san­do so­bre su pe­cho.

Sintiéndose ob­ser­va­do, su abue­lo la mi­ró son­rien­te y la lla­mó con un ges­to de la mano:

–Anda, ven a ha­cer­me com­pa­ñía.

Muy des­pa­cio en­tró en la enor­me ha­bi­ta­ción. A esa edad, su abue­lo aún le im­po­nía, tan al­to y si­len­cio­so, y tan so­li­ta­rio. Las pa­re­des es­ta­ban cu­bier­tas de es­tan­te­rías, que es­ta­ban re­lle­nas de grue­sos to­mos, en una, dos y has­ta tres fi­las. Libros en­cua­der­na­dos en cue­ro, en car­tu­li­na, en car­to­né, en fino pa­pel, to­do ti­po de li­bros. Algunas es­tan­te­rías cui­da­do­sa­men­te or­de­na­das e im­po­lu­tas, otras tan lle­nas de ejem­pla­res que pa­re­cía que se iban a caer en cual­quier mo­men­to sos­te­nién­do­se en pre­ca­rio equi­li­brio.

Mirando a am­bos la­dos de la ha­bi­ta­ción rá­pi­da­men­te, des­cu­brió una me­si­ta ro­dea­da de si­llas en una es­qui­na –la más or­de­na­da de to­da la ha­bi­ta­ción, di­cho sea de pa­so – y se dis­pu­so a acer­car­la al si­llón de su abue­lo gru­ñen­do del es­fuer­zo –era pe­sa­da y lle­va­ba un buen ra­to per­si­guien­do a aque­llos cor­sa­rios.

—Ven, yo te co­jo; de to­das for­mas, ibas a te­ner que tre­par y te iban a col­gar los pies…

Mucho más tran­qui­la, por la sua­ve voz de su abue­lo y su mi­ra­da ca­ri­ño­sa, se subió sin du­dar a sus ro­di­llas y se re­cos­tó en su re­ga­zo sin sa­ber muy bien qué ha­cer. El bra­zo del abue­lo la ro­deó, pro­tec­tor, y em­pe­zó a pre­gun­tar por su día en el co­le­gio, qué ha­bía apren­di­do y qué ha­bía he­cho en el re­creo.

Entonces, a pe­sar de ser tan ma­yor, el abue­lo se le­van­tó con ella en bra­zos y se di­ri­gió a uno de los es­tan­tes, y pa­só el de­do rá­pi­da­men­te por los lo­mos de los li­bros, mur­mu­ran­do pa­ra sí y ex­cla­man­do al fi­nal:

—¡Aquí! El cor­sa­rio ne­gro. Emilio Salgari. ¿Te gus­tan las his­to­rias de pi­ra­tas? Estabas an­tes lu­chan­do en la es­ca­le­ra con al­guno, creo.

—¡Son las que más me gus­tan en el mun­do! —ex­cla­mó.

Entonces, se sen­tó de nue­vo con ella en su re­ga­zo y con el li­bro, y em­pe­zó a leer con voz im­pos­ta­da:

De en­tre las ti­nie­blas del mar, sur­gió una voz po­ten­te y me­tá­li­ca: ¡Alto los de la ca­noa o los echo a pi­que!…

Mucho des­pués, tras una in­creí­ble his­to­ria, la lle­vó al cuar­to en bra­zos. Apenas des­pier­ta, la ayu­dó a qui­tar­se la ro­pa, po­ner­se el pi­ja­ma gor­do, por­que era in­vierno, y la arro­pó con fuer­za pa­ra que no pa­sa­ra frío. Acercándose al es­tan­te va­cío que ha­bía en una es­qui­na, anun­ció su­su­rran­do:

—Tu pri­mer li­bro.

Colocó cui­da­do­sa­men­te el li­bro de El cor­sa­rio ne­gro so­bre la bal­da. Y sa­lió en ab­so­lu­to si­len­cio mien­tras ella caía ren­di­da en el mun­do de los sue­ños.