Recuerdos0

I

Para Ade­la Serrano, la Lar­ga, duran­te las últi­mas horas la visión del mun­do se ha limi­ta­do a la pers­pec­ti­va bidi­men­sio­nal del úni­co ojo que tie­ne pega­do a la miri­lla teles­có­pi­ca de su rifle. El otro, cerra­do fir­me­men­te para no per­der con­cen­tra­ción ni que­dar cega­da por la luz del día, ya ape­nas lo sien­te. Tum­ba­da boca­ba­jo en la era más alta, sobre hier­bas ralas y secas y rodea­da de plan­to­nes ale­tar­ga­dos de tomi­llo blan­co, dos altas y espi­ga­das reta­mas ape­nas la camu­flan de mira­das indis­cre­tas. Su cuer­po está ple­na­men­te rela­ja­do, su cora­zón latien­do tan len­to que ape­nas pare­ce res­pi­rar, la pre­sa ace­cha­da se ha vuel­to pre­da­do­ra.

Está en la posi­ción per­fec­ta, jus­to a la izquier­da de su mira­da el mojón cla­va­do en la lin­de entre el pra­do «de la revuel­ta» y la era «de los Gimeno», a la dere­cha el man­zano vie­jo y rese­co que ya nadie reco­ge, sus ramas está­ti­cas por la ausen­cia de vien­to. Un buen indi­ca­dor para cuan­do haya que tirar de gati­llo. El cañón del arma fir­me entre dos rocas del mure­te que suje­ta el terreno.

Esta vez se ha pre­pa­ra­do de ante­mano, no como aque­lla vez en que esos ase­si­nos arra­sa­ron con el pue­blo, sacán­do­las a ella, a madre y a la yaya a la pla­za con las demás muje­res y rapán­do­las, fusi­lan­do a veci­nos no recuer­da por qué. Cuan­do se recu­pe­ró de las pali­zas y veja­cio­nes, cuan­do sus hue­sos sol­da­ron y su cabe­llo vol­vió a rebro­tar, se lan­zó al mon­te con la esco­pe­ta de caza de padre. «Frio» Ya los barrun­ta, los sien­te en sus vie­jos y enor­mes hue­sos can­sa­dos, en la aspe­re­za de los callos de sus manos, en sus múscu­los ado­lo­ri­dos y tra­ba­ja­dos. Aga­rro­tan el alma que dicen que no tie­ne. La angus­tia la car­co­me, pero no les tie­ne mie­do, ya no. Los años en el maquis, pasan­do mise­ria y ham­bre la han cura­do de espan­to. Tran­qui­la­men­te repi­te de mane­ra mecá­ni­ca las ruti­nas apren­di­das hace tan­to tiem­po de alguien que tam­po­co recuer­da: «rela­jar el cue­llo…», «rela­jar cada vér­te­bra de la espal­da…», «ajus­tar la posi­ción del arma al lati­do y la res­pi­ra­ción…» «Mucho frio, ¡aten­ta!» ¿Dón­de anda­rán? Aún no se les ve lle­gar por la cur­va del sen­de­ro, tie­nen que venir por allí, cual­quier otra zona está rodea­da por roble­da­les embro­za­dos y peñas tan altas que si no cono­ces des­de chi­ca es casi impo­si­ble cru­zar. Ade­la es pacien­te, está cos­tum­bra­da a espe­rar des­de peque­ña, cuan­do pas­to­rea­ba ayu­dan­do a padre por aque­llos mis­mos pra­dos.

Sien­te el helor del aire en la cara, la hume­dad de la tie­rra hace tiem­po que ha empa­pa­do sus varias capas de abri­go, el inten­so olor de las cagarru­tas de cabra ha entu­me­ci­do su nariz, pero ella sigue fir­me, negán­do­se a dejar­les pasar, no en su guar­dia. Su úni­co ojo aler­ta se mue­ve, izquier­da, dere­cha, dere­cha, izquier­da, ana­li­zan­do al ins­tan­te cada cen­tí­me­tro del pai­sa­je, que sigue sin mover­se en nin­gún momen­to. Ni siquie­ra un jodi­do cone­jo. «Hace dema­sia­do frio, ¡Reac­cio­na!» Nota como ha cesa­do el hor­mi­gueo en sus pier­nas dor­mi­das. Sus bra­zos pesan como cemen­to arma­do y ha per­di­do la sen­si­bi­li­dad en las manos, ¿dón­de empie­za el arma y dón­de el dedo sobre el gati­llo? Inten­ta mover­lo sin con­se­guir­lo. Par­pa­dea, con­fu­sa, debe resis­tir, debe… «¿Qué hago aquí, don­de estoy?». «¡Frio!»

II

Des­pier­ta, ago­bia­da por un peso que la opri­me, aplas­tán­do­la con­tra algo mulli­do y con­for­ta­ble. Sus gran­des pies están alza­dos, medio col­gan­do en el aire. La han pues­to unos feí­si­mos cal­ce­ti­nes color cal­de­ro. Sus­pi­ra, de segu­ro está en casa, en el sofá fren­te a la chi­me­nea, sus dos par­cos asien­tos no son capa­ces de alber­gar sus cien­to noven­ta cen­tí­me­tros de altu­ra y la han deja­do así, como una mario­ne­ta ente­rra­da bajo una mon­ta­ña de man­tas de colo­res pas­tel, medio espa­ta­rra­da.

Gira el cue­llo hacia la dere­cha, miran­do fija­men­te a la mesi­ta pega­da a la pared, sobre ella, un vaso de agua y una pas­ti­lla la inte­rro­gan. Alzan­do la mira­da, se con­fir­man sus temo­res, en la pared opues­ta, sen­ta­da en la mece­do­ra Ali­cia la mira fija­men­te. Su mira­da la hun­de, tris­te­za, dolor y rabia se unen en sus ojos miel. Pero tam­bién es capaz de per­ci­bir el ali­vio y el amor en ellos «a pesar de todo me quie­re».

—Veo que has des­per­ta­do. Vaya sus­to nos has dado, muje­ro­na.

—Lo sé, lo sien­to, de ver­dad, ¿cómo he lle­ga­do has­ta aquí? Recuer­do estar en la era pela­da de frio y lue­go nada.

—Casi te nos mue­res Lar­ga, ¡a quién se le ocu­rre, irse sola con la esco­pe­ta en medio del cam­po en pleno febre­ro! Cuan­do vi que no apa­re­cías des­pués de horas sin saber de ti lla­mé al Luis, cogi­mos su camio­ne­ta vie­ja, la que usa para tras­tear por los cam­pos y te encon­tra­mos. ¡Casi no res­pi­ra­bas! Te tra­ji­mos a la carre­ra. ¡A pun­ti­to he esta­do de lla­mar a urgen­cias!

—Ima­gino. No recor­dé nada has­ta que deje de sen­tir­me el cuer­po, y enton­ces supon­go que me des­ma­yé…

—¿Esta­bas allí de nue­vo?

—Sí, los sen­tía acer­car­se, sen­tía que venían, que nos bus­ca­ban, como siem­pre en los mon­tes. No podía dejar que vol­vie­ran, que se acer­ca­ran al pue­blo. Esta­ban allí de ver­dad, con­mi­go, a pun­to de pasar por el camino. ¡Venían a por mi gen­te!

—Aque­llo pasó hace más de 60 años, Te acuer­das, ¿ver­dad?

—Sí, al sen­tir­me morir recor­dé, recor­dé todo.

Tras un lar­go silen­cio, Ade­la se incor­po­ra des­pa­cio, escu­chan­do a su cuer­po, des­ha­cien­do capa a capa la cober­tu­ra de man­tas que ya la ago­bia. Las empie­za a doblar metó­di­ca­men­te en cua­dra­dos, sin pen­sar­lo, y las colo­ca una sobre otra en el mue­ble jun­to a la puer­ta. Ali­cia la sigue con la mira­da, en silen­cio, com­pren­dien­do tras tan­tos años jun­tas.

Enco­gién­do­se de hom­bros, resig­na­da, con­tem­pla la píl­do­ra en la pal­ma de la mano y se la tra­ga jun­to al agua del vaso. Casi siem­pre la aton­ta, la deja ador­me­ci­da y su cuer­po se rebe­la tras tan­tos años de tra­ba­jo físi­co, pero es pre­fe­ri­ble a las pesa­di­llas y la locu­ra. Y por enci­ma de todo, Ali­cia, ella no debe sufrir de nue­vo. Un poco de pesa­dez de cabe­za no es tan gra­ve.

—Gra­cias —La mira­da de Ali­cia va cam­bian­do, se sua­vi­za por segun­dos, y una tími­da son­ri­sa apa­re­ce en sus labios, ancia­nos y sabios.

—Aún no sé por que dejé de tomar­las… bueno, si, es que me hacen sen­tir inú­til, medio lela.

—¡Tú no eres lela! —Ali­cia sal­ta indig­na­da, sin pen­sar­lo. —Más qui­sie­ran los de aho­ra haber hecho lo que tú has hecho.

—Ali­cia, ¡yo mata­ba gen­te!, ¡per­so­nas!

—Tenias que sobre­vi­vir, ahí sola en el mon­te, con los ani­ma­les, vivien­do en cue­vas, todo el día con el arma lar­ga al lado para que algún «cama­ra­da» no se te echa­se enci­ma.

—Era lo que había, la gue­rra fue una jodien­da y lo de des­pués peor, ya lo sabes. Tú tuvis­te que coger los bár­tu­los y salir pitan­do a Fran­cia. Sin tus padres ni .

—Com­pa­ra­do con lo tuyo, tuve suer­te. Los pri­me­ros años fue­ron muy duros, sí, y el exi­lio en sole­dad te hace morir por den­tro, pero lue­go pude vol­ver, cuan­do ese al fin la pal­mó.

—Menu­do par de vie­jas —Ade­la no pue­de evi­tar reír— yo apren­dí a matar y tú a sal­var vidas, de enfer­me­ra, somos tal para cual.

—Si, ¿ver­dad? —Ali­cia se acer­ca a su com­pa­ñe­ra y coge su mano, no la moles­tan en lo más míni­mo las dure­zas, tie­ne sus pro­pias heri­das que com­par­tir. Lue­go pasa su mano por su cabe­llo de ape­nas dos dedos, pul­cra­men­te cor­ta­do y com­ple­ta­men­te pla­tea­do. Sabe que Ade­la no quie­re más que eso, está en su natu­ra­le­za, y ella lo res­pe­ta y acep­ta; des­pués se acu­rru­ca entre sus bra­zos, no es una mujer peque­ña tam­po­co, ni frá­gil en abso­lu­to, pero Ade­la es más gran­de y fuer­te que la mayo­ría de los hom­bres y con su cabe­za en su pecho se sien­te en casa. Minu­tos más tar­de se que­dan dor­mi­das, Ali­cia recos­ta­da sobre Ade­la, que la suje­ta con ter­nu­ra, y Ade­la sen­ta­da y con aque­llos horri­bles cal­ce­ti­nes color cal­de­ro aun pues­tos.

III

Entra en el baño, y des­nu­dán­do­se se con­tem­pla en el espe­jo de cuer­po ente­ro pega­do a la puer­ta, sus ojos gri­ses han per­di­do dure­za con los años, pero toda­vía reco­no­ce un bri­llo de pasión, y está empe­zan­do a acep­tar las arru­gas que pue­blan su cara. Su cuer­po sigue del­ga­do, como siem­pre, y fuer­te por ser culo de mal asien­to como decía la yaya, que siem­pre rezon­ga­ba entre dien­tes de sus idas y veni­das, aun­que su piel ya no es lo que era, en las cica­tri­ces ya ni se fija, de anti­guas que son. Sus pechos nun­ca han sido gran­des, pero siem­pre bien suje­tos por el múscu­lo que les rodea, y por aho­ra siguen en su lugar con algo de dig­ni­dad. Entra en la ducha, bajo el agua muy calien­te, y cerran­do los ojos recuer­da lo que le decía madre cuan­do la baña­ba en la tina metá­li­ca con agua traí­da del arro­yo en las cán­ta­ras tem­pla­da en la lum­bre. «Deja que el agua se lle­ve a los malos espí­ri­tus y trai­ga a los bue­nos». Nun­ca supo de dón­de sacó eso, era la hier­be­ra del pue­blo y decían que tenía la gra­cia en las manos. Madre era real­men­te sabia, nada gaz­mo­ña, y aun­que su cara ape­nas es un recuer­do borro­so, aún recuer­da sus ojos oscu­ros y su son­ri­sa. Ima­gi­na como el agua que cae se lo lle­va todo, se lo lle­va por el desagüe para no vol­ver, mien­tras sus lágri­mas se mez­clan con la sucie­dad. Es el ciclo de la vida, naci­mien­to, cre­ci­mien­to, muer­te, rena­ci­mien­to… Enton­ces, sin pen­sar­lo, cie­rra el gri­fo y abre el gri­fo de agua fría, y aguan­ta vein­te, trein­ta segun­dos, mien­tras el subidón de sen­sa­cio­nes renue­va su cuer­po «que lle­gue lo bueno» invo­ca.

Tras secar­se se pone el pija­ma gor­do, y se arro­pa en la cama don­de Ali­cia lee con sus gafas de cer­ca, tapa­da has­ta los hom­bros, con el libro jun­to a la cara y echan­do vaho por la boca. La ima­gen la pro­vo­ca una son­ri­sa.

—Te veo reír Lar­ga, la vamos a tener —dice Ali­cia bro­mean­do.

—Es que me encan­ta ver­te leer cari­ño, nun­ca he lle­ga­do a coger el hábi­to. Pero creo que me gus­ta­ría. —La pro­pia Ade­la se sor­pren­de de lo que aca­ba de sol­tar.

—Pues cla­ro. Coge mis libros cuan­do quie­ras, ya lo sabes. —Ali­cia la mira, tan sor­pren­di­da como ella, pero feliz.

—Pero no me dejes coger nin­guno de tris­te­zas y de muer­tes, ¿Lo pro­me­tes?

—Lo pro­me­to Ade­la, lo pro­me­to.