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LA COLINA DE LA LUNA

Y subie­ron jun­tos la colina de la luna, cogi­dos de la mano y en fer­vo­roso silen­cio. En la cima, se sen­ta­ron junto al tronco del viejo cerezo, sus espal­das con­tra la callosa cor­teza, cerra­ron los ojos y sus­pi­ra­ron. El frío gélido de la noche les aco­gió en sus bra­zos mien­tras mira­ban la luna, blanca majes­tuosa, redonda, pre­gun­tán­dose por qué no habían subido antes a la colina de la luna, jun­tos, cogi­dos de la mano, en fer­vo­roso silencio.

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JUNTOS

Fre­cuen­te­mente se tum­baba bajo el viejo árbol. Exten­día sus manos abier­tas delante de la cara y jugaba a atra­par los rayos de sol entre los dedos, abrien­do­los y cerrán­do­los lentamente. Nunca fue cons­ciente de que el árbol, obser­ván­dolo, movía sus ramas len­ta­mente, jugando con la luz del sol que ilu­mi­naba sus manos extendidas.

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