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MANOLO CHINATO (1952-)

Ama, ama, ama y ensan­cha el alma.

Qui­siera que mi voz fuera tan fuerte
que a veces retum­ba­ran las mon­ta­ñas
y escu­chá­rais las men­tes social-adormecidas
las pala­bras de amor de mi garganta.

Abrid los bra­zos, la mente y repar­tíos
que sólo os ense­ña­ron el odio y la ava­ri­cia
y yo quiero que todos como her­ma­nos
repar­ta­mos amo­res, lágri­mas y sonrisas.

De pequeño me impu­sie­ron las cos­tum­bres
me edu­ca­ron para hom­bre adi­ne­rado
pero ahora pre­fiero ser un indio
que un impor­tante abogado.

Hay que dejar el camino social alqui­tra­nado
por­que en él se nos que­dan pega­das las pezu­ñas
hay que volar libre al sol y al viento
repar­tiendo el amor que ten­gas dentro.

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CONTADAS

Foto de Final de Curso


Se miente más de la cuenta
por falta de fan­ta­sía:
tam­bién la ver­dad se inventa
Anto­nio Machado


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ESMERALDA

Corría el año 2005, a fina­les del verano, en mi pue­blo, La Hiruela, una pequeña aldea en la sie­rra de Madrid, con 80 veci­nos en fies­tas… Y 7 en invierno. Aún no había lle­gado la época de los turis­tas, a media­dos de Otoño, cuando los sue­los se teñían del marrón de las hojas caídas.

Me des­perté con inten­ción de dar un largo paseo, y cogí la vereda que lleva a Car­doso de la Sie­rra, el pue­blo mas cer­cano, en la zona mas pobre y des­po­blada de Gua­da­la­jara. El sen­dero, anti­gua­mente uti­li­zado para rie­gos, empieza al lado de dos enor­mes noga­les, peren­ne­mente fres­cos, y baja len­ta­mente por una ladera, hasta lle­gar a un arroyo en ese momento medio seco dado lo avan­zado del estío.
Des­pués, el camino, prác­ti­ca­mente un tre­cho de hier­bas pisa­das, trans­cu­rre por varias pra­de­ras crea­das por el hom­bre tras muchas déca­das de ramo­neo para ven­der en Madrid car­bón de leña. Los robles que las cir­cun­dan han ensan­chado y cre­cido con esta prác­tica, dejando un pai­saje her­moso y poderoso.

Final­mente, lle­gué al puente de madera sobre el Río Jarama, a su dere­cha siguiendo la bajada del río, nacido a pocos kiló­me­tros del lugar, hay un con­junto de pra­de­ras de ribera, en ese momento aun cubier­tas con el rocío de la mañana, pero sufi­cien­te­mente secas para no ser molestas.

Decidí sen­tarme en una de ellas y casi de manera incons­ciente, cerré los ojos, res­piré pro­fun­da­mente y escu­ché los soni­dos de mi alre­de­dor: Los insec­tos zum­bando de hoja en hoja, el agua for­mando una pequeña cas­cada unos metros más allá. Sentí el olor de la hierba hume­de­cida, del rosal sil­ves­tre a mi espalda, el calor del sol aso­mán­dose tras la mon­taña. Des­en­tu­mecí mi cuerpo len­ta­mente durante unos minutos.

Súbi­ta­mente, fui cons­ciente de que el tiempo había pasado y era hora de vol­ver a la reali­dad, y emprendí el camino de vuelta. Me sen­tía pro­fun­da­mente rela­jado y tranquilo.

Enton­ces al final de la pri­mera cuesta, la más dura de todas, ahora jadeante, observe el grueso tronco oscuro y arru­gado de un viejo roble. Soli­ta­rio, al lado del sen­dero, con sus ramas secas ten­di­das hacia arriba.

Impul­si­va­mente, sin pen­sarlo abrí mis bra­zos mien­tras lo obser­vaba… Y lo vi… ¡Era Todo Verde!

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LA COLINA DE LA LUNA

Y subie­ron jun­tos la colina de la luna, cogi­dos de la mano y en fer­vo­roso silen­cio. En la cima, se sen­ta­ron junto al tronco del viejo cerezo, sus espal­das con­tra la callosa cor­teza, cerra­ron los ojos y sus­pi­ra­ron. El frío gélido de la noche les aco­gió en sus bra­zos mien­tras mira­ban la luna, blanca majes­tuosa, redonda, pre­gun­tán­dose por qué no habían subido antes a la colina de la luna, jun­tos, cogi­dos de la mano, en fer­vo­roso silencio.

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