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Viernes 13 de enero de 2017

Atalanta

El her­ma­no Joseph vol­vió a es­cu­char el dé­bil gru­ñi­do de que­ja a su es­pal­da, qui­zá por dé­ci­ma vez, y vol­vió la ca­be­za, ya ha­bía per­di­do la pa­cien­cia.

- ¡Atalanta! No pue­do con­cen­trar­me en la lec­tu­ra si con­ti­nuas con esos rui­dos.

- Verdaderamente, her­ma­ni­to, no sé có­mo los hu­ma­nos ha­béis creí­do tan­tas ton­te­rías du­ran­te tan­tos si­glos.

La voz de la enor­me án­gel era gra­ve y pro­fun­da, su cuer­po un con­jun­to de múscu­los en per­fec­ta ar­mo­nía y su co­lor ver­de es­me­ral­da no des­en­to­na­ba con el ne­gro de sus alas. Unas enor­mes alas prác­ti­ca­men­te li­sas, sin nin­gún ti­po de plu­ma, de per­fec­ta ae­ro­di­ná­mi­ca. Su pe­lo os­cu­ro y li­so caía en el es­pa­cio en­tre ellas, y la es­pal­da en su cin­to pe­sa­ba más que el pro­pio sa­cer­do­te. Sus ojos le­ve­men­te ras­ga­dos, de un co­lor ne­gro aza­ba­che sin aso­mo de blan­co en su es­cle­ra aún le po­nían los pe­los de pun­ta.

El cuer­po de Atalanta era el de un ani­mal sal­va­je, pu­ro ins­tin­to, mo­vi­mien­tos fe­li­nos, el per­fec­to gue­rre­ro, pe­ro tam­bién ha­bía vis­to que mien­tras pa­sea­ba por el gran bos­que al­re­de­dor del mo­nas­te­rio, las plan­tas flo­re­cían a su pa­so y los ár­bo­les se in­cli­na­ban. Su son­ri­sa po­día ser tan tier­na y bon­da­do­sa que des­con­ge­la­ba el co­ra­zón o pu­ro hie­lo de las nie­ves eter­nas.

No en va­no era una Ángel de la Madre, la pri­me­ra re­na­ci­da en la tie­rra des­pués de mu­chos mi­les de años, y su po­der se ba­sa­ba en la tie­rra, las nu­bes, el ai­re y el fue­go. Con sus ca­si tres me­tros de al­tu­ra po­día co­rrer, an­dar, na­dar o vo­lar tan rá­pi­do co­mo lo desea­ra y sin el más mí­ni­mo es­fuer­zo, en ar­mo­nía per­fec­ta con lo que la ro­dea­ba.

- ¿Ángeles en el cie­lo?, ¿Asexuados? No tie­ne pies ni ca­be­za – con­ti­nuó ella in­di­fe­ren­te a sus que­jas – Un án­gel es lo que es, una Potencia de la Vida en­car­na­da. No exis­ten esas co­sas del cie­lo y el in­fier­no, úni­ca­men­te ener­gía en di­fe­ren­tes ma­ni­fes­ta­cio­nes.

- Y muer­te – mur­mu­ró Joseph mien­tras la mi­ra­ba in­ten­tan­do en­ten­der.

- Lo que lla­máis muer­te no es más que otro es­ta­do – Atalanta se en­co­gió de hom­bros – Simplemente un cam­bio más, la par­te fí­si­ca se des­com­po­ne en sus par­tes más ele­men­ta­les pa­ra nu­trir a otros se­res y la par­te vi­va vuel­ve a unir­se con el Todo, qui­zá pa­ra cam­biar nue­va­men­te de es­ta­do o pa­ra per­ma­ne­cer en un es­ta­do de con­tem­pla­ción…

- ¿Dependiendo de si has si­do “bue­no” o “ma­lo”? – Preguntó in­tri­ga­do Joseph.

- No exis­ten tam­po­co esos con­cep­tos, ni hay na­da por lo que pa­gar, ni na­da pa­re­ci­do al pe­ca­do – Los ojos de Atalanta bri­lla­ron con in­ten­si­dad – Esos son con­cep­tos hu­ma­nos pa­ra ma­ni­pu­lar y se­pa­rar.

- ¿Humanos? Pero la Biblia di­ce…

- Un li­bro es­cri­to por y pa­ra hu­ma­nos. ¿No te das cuen­ta, her­ma­ni­to de que to­do lo que te ro­dea es be­llo y her­mo­so, crea­do pa­ra el dis­fru­te? ¿Por qué lo pri­me­ro que ha­ces ca­da día cuan­do te reúnes con tus se­me­jan­tes hon­ran­do al es­pí­ri­tu del mun­do en vues­tros tem­plos es pe­dir per­dón? ¿Quién crees que te va a per­do­nar? Y, so­bre to­do, ¿Qué se su­po­ne que tie­ne que per­do­nar­te? – El to­no de Atalanta aho­ra era com­pa­si­vo y pro­fun­da­men­te tris­te.

- Pido per­dón al Padre por mis pe­ca­dos y mi cul­pa – Adujo Joseph fir­me­men­te.

- El Padre no es más que una par­te del to­do, me en­tris­te­ce pro­fun­da­men­te que ha­ce tan­to tiem­po que ol­vi­da­rais a la Madre. – Atalanta sus­pi­ró y se sen­tó de ro­di­llas fren­te a Joseph, co­gien­do sus dé­bi­les hom­bros en­tre sus enor­mes ma­nos – Y crée­me que ni uno ni otro, que en ver­dad son la mis­ma co­sa, tie­nen na­da que per­do­nar, por­que tú eres par­te de to­do lo que exis­te…

Repentinamente, mo­vi­da por al­go que Joseph fue in­ca­paz de per­ci­bir, Atalanta se pu­so en pie y mi­ro ha­cia las mon­ta­ñas.

- Ha lle­ga­do el mo­men­to her­ma­ni­to, de­bo par­tir. ¡No me ol­vi­des!

- Nunca – su­su­rró Joseph mien­tras Atalanta se im­pul­sa­ba ver­ti­cal­men­te con un tre­men­do sal­to y co­men­za­ba a vo­lar, des­apa­re­cien­do de su can­sa­da y en­ve­je­ci­da vis­ta en se­gun­dos.

Sola, en la in­men­si­dad de los cie­los, Atalanta vo­la­ba di­cho­sa ha­cia los pue­blos de los hom­bres, lle­van­do un men­sa­je de paz, he­do­nis­mo, crea­ción, sen­sua­li­dad, sen­ti­mien­tos, to­le­ran­cia y amor.