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Viernes 9 de septiembre de 2016

2687

Quique llegó ja­deando a la acera donde ha­bía que­dado con el resto de com­pa­ñe­ros de clase, se le ha­bía dado mal el trans­porte pú­blico y ha­bía ba­jado la ca­lle co­rriendo para no lle­gar tarde. Alicia, la pro­fe­sora, les ha­bía pe­dido que usa­ran ropa dis­creta como mues­tra de res­peto, e in­cons­cien­te­mente se es­tiró el polo y se co­locó co­rrec­ta­mente el pan­ta­lón.

Alicia, siem­pre pun­tual, ya es­taba allí re­ci­bién­do­les con una son­risa. Le en­can­taba que le diera clase, era jo­ven, y su pelo cor­tado con ma­qui­ni­lla y gran­des ga­fas de pasta ne­gra la ha­cían des­ta­car en cual­quier lu­gar del co­le­gio, ade­más era la única pro­fe­sora ta­tuada. Hoy, fuera de las re­glas del co­le­gio, se ha­bía ves­tido con una larga falda roja y una dis­creta ca­mi­seta ne­gra.

A pe­sar de su son­risa, se no­taba una mi­rada triste y una ac­ti­tud de pro­fundo en­si­mis­ma­miento. Se aclaró la voz bre­ve­mente, cuando ya es­ta­ban to­dos en la es­tre­cha acera, in­ten­tando no in­te­rrum­pir el trán­sito a las po­cas per­so­nas que deam­bu­la­ban a esas ho­ras de la ma­ñana y co­menzó a ha­blar:

– Buenos días a to­dos. Gracias por ve­nir a un si­tio como este a es­tas ho­ras y fuera del ho­ra­rio de clase. – Hizo una corta pausa y les son­rió con afecto – ¿Sabéis? La his­to­ria no es algo muerto que se es­tu­dia en clase en li­bros de texto. La his­to­ria es algo vivo que se crea día a día, algo que como se­res hu­ma­nos ha­ce­mos cada día. Hay una frase que se le atri­buye a di­fe­ren­tes per­so­nas y me gusta te­ner pre­sente «Aquel que no co­noce la his­to­ria, está con­de­nado a re­pe­tirla». Esto no sig­ni­fica que haya que me­mo­ri­zar da­tos y fe­chas, sino com­pren­der que es lo que ha pa­sado, sus cau­sas y sus con­se­cuen­cias, esto nos ayuda a sa­ber cómo evi­tar aque­llos he­chos que no de­be­rían ha­berse pro­du­cido nunca ja­más… ¿Alguno sabe que pasó en este muro hace casi 80 años?

Fernando, uno de los com­pa­ñe­ros más lis­tos, le­vantó la mano y dijo:

– Ayer cuando le dije a mi pa­dre donde ve­nía­mos me contó que aquí ha­bían fu­si­lado a mu­cha gente.

– Exacto. Al me­nos 2687 per­so­nas, hom­bres y mu­je­res fue­ron fu­si­la­dos en este muro de este ce­men­te­rio, el Cementerio del Este de Madrid en­tre 1939 y 1945. – Quique pudo es­cu­char cla­ra­mente un pro­fundo sus­piro de su pro­fe­sora. Todo se con­geló de re­pente, sus com­pa­ñe­ros con­te­nían la res­pi­ra­ción, ex­pec­tan­tes e im­pre­sio­na­dos. – Los agu­je­ros que veis fue­ron he­chos por las ba­las que usa­ron… Les ha­ci­na­ban en cár­ce­les sin con­di­cio­nes de sa­lu­bri­dad, les juz­ga­ban sin nin­gún tipo de de­fensa real, y al cabo de unos días o me­ses les subían a ca­mio­nes, les ali­nea­ban ante el pa­re­dón y los eje­cu­ta­ban… Luego solo te­nían que ti­rar­los a las fo­sas. – La voz de la pro­fe­sora se fue apa­gando se­gún ha­blaba, rota por el do­lor. Negando con la ca­beza, se re­puso.

– Pero su­pongo que algo ha­rían para que los ma­ta­ran… – co­menzó a de­cir María arru­gando el en­tre­cejo, pen­sa­tiva.

– Nada jus­ti­fica ma­tar a otra per­sona, ab­so­lu­ta­mente nada – res­pon­dió Alicia con con­vic­ción – En este caso, ade­más casi to­dos fue­ron ase­si­na­dos por pen­sar de otro modo, te­ner otras ideas, vi­vir de otro modo, o sim­ple­mente acu­sa­dos fal­sa­mente por ve­ci­nos sin es­crú­pu­los.

Todos los alum­nos en­mu­de­cie­ron ante esta afir­ma­ción y fi­nal­mente la die­ron la ra­zón asin­tiendo con la ca­beza.

– No os he traído hasta esta ta­pia en rui­nas para ana­li­zar cul­pas, ni para ali­men­tar re­sen­ti­mien­tos, el único mo­tivo de la vi­sita de hoy es que re­fle­xio­néis por vues­tra cuenta, como siem­pre os digo en clase, so­bre lo que pasó aquí ¿Para… ? – Dejo la pre­gunta abierta en el aire.

– Para que no es­te­mos con­de­na­dos a re­pe­tirlo… – Completó Quique.

La ex­pre­sión de Alicia se dul­ci­ficó – Exactamente.